«Entonces Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete veces?»
Quizá ninguna otra lección sea más difícil de aprender que la de ser perdonadores. Nunca resulta fácil soportar la injuria o el agravio. Sin embargo, la lección es indispensable. Solamente podemos pedir el perdón divino para nuestros propios pecados cuando estamos dispuestos a perdonar a quienes pecan contra nosotros.
Jesús había estado hablando a sus discípulos acerca de perdonar a otros. Dijo que si alguien pecaba contra nosotros, debíamos ir primero y hablar del asunto con él en privado. Las explicaciones mutuas probablemente arreglarían el conflicto. Sería aún mejor que los dos se arrodillaran y oraran juntos antes de comenzar a hablar de sus diferencias. Si el asunto no podía resolverse entre los dos, entonces debían llevar consigo a uno o dos testigos. Si uno de ellos seguía implacable, el otro ya había cumplido su parte.
Siempre era Pedro quien hablaba primero, y al oír las palabras del Maestro, preguntó a Jesús con qué frecuencia debía perdonar a su hermano que pecara contra él. Esta pregunta todavía inquieta a muchas personas. En la mente de algunos, la paciencia deja muy pronto de ser una virtud. Si han perdonado a otro dos o tres veces, ya creen que han actuado con gran generosidad. Pedro suponía que llegaba al extremo mismo del perdón cristiano cuando sugirió que siete veces sería un buen límite para los discípulos de Cristo. Los rabinos decían: «Perdona la primera ofensa, la segunda y la tercera; y castiga la cuarta». Pero la respuesta de Jesús mostró que no debía haber límite en nuestro perdón. Eso es lo que significa setenta y siete veces: no un número definido, por grande que sea, sino algo infinito. Debemos perdonar a otros como Dios nos perdona, y Él no lleva la cuenta del número de veces. Él perdona toda la multitud de nuestras transgresiones. Por tanto, nunca llega el momento en que podamos decir: «He agotado los requisitos del amor cristiano. Ya no puedo perdonarte más».
Jesús contó una pequeña historia para ilustrar y reforzar su enseñanza. Dijo: «El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos». Nunca debemos olvidar que habrá un ajuste de cuentas con Dios. Se nos dice que en el día final los libros serán abiertos: los libros que registran los actos, las palabras, los motivos, las disposiciones y los ánimos de los hombres. Pero no tenemos que esperar hasta el día del juicio para tener estos ajustes. Dios también ajusta cuentas con nosotros a medida que avanzamos en este mundo. Él llama constantemente a los hombres a rendirle cuentas. A veces el llamado se da mediante la predicación de la Palabra, que los convence de pecado y los hace comparecer temblorosos ante el tribunal de la conciencia. A veces es mediante una aflicción que obliga a los hombres a detenerse y pensar en sus relaciones con Dios, revelándoles su pecaminosidad. A veces es por una profunda búsqueda del corazón, producida por el Espíritu Santo. No hay ningún hombre que en algún momento, aun en esta vida presente, no sea llamado a comparecer ante Dios para un ajuste de cuentas.
El ajuste final es individual: cada uno debe comparecer ante el tribunal y dar cuenta de su propia vida. Entre los siervos del rey, «le fue traído uno que le debía diez mil talentos». No necesitamos preocuparnos por el equivalente monetario exacto de estas cifras. Basta saber que representan nuestra deuda con Dios, y que esta es inmensa e impagable. Esto nos hace pensar en el pecado como una deuda. Debemos a Dios obediencia perfecta en acto, palabra, pensamiento y motivo. El deber es lo que se debe a Dios, y la obligación está más allá de todo cálculo. Podemos lisonjearnos de ser personas bastante buenas porque gozamos de buen prestigio en la comunidad; pero cuando empezamos a ajustar cuentas con Dios, ¡el mejor de nosotros descubrirá que su deuda con Él es de magnitud infinita!
Se vio enseguida que este siervo no tenía con qué pagar su deuda infinita. No había posibilidad de que jamás pudiera reunir la cantidad que debía a su rey. Así es con los que son llamados a ajustar cuentas con Dios. No hay posibilidad de que puedan jamás compensar su enorme deuda. Muchas personas imaginan que de alguna manera podrán liberarse de su culpa, aunque no se preocupan por saber cómo. Algunos suponen que pueden lograrlo con lágrimas de arrepentimiento; pero el hecho de sentir pena por estar endeudados no cancela la deuda. Otros imaginan que, como sus pecados ya no los inquietan, la deuda ha sido olvidada. Pero olvidar que le debemos mil dólares a un hombre no nos libera de la deuda contraída con él. Estamos irremediablemente endeudados con Dios y no tenemos nada con qué pagar.
Si la ley se hubiera aplicado, el siervo habría sido vendido como esclavo, junto con su esposa, su familia y todo lo que tenía. Pero este siervo acudió a su rey y le pidió tiempo. «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo». Este ruego conmovió el corazón generoso del rey. «El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le perdonó la deuda y le dejó ir». Este es un cuadro del perdón divino. Nunca podremos pagar la enorme deuda que debemos a Dios, pero su misericordia infinita es suficiente para borrarla por completo. Las personas en bancarrota a veces pagan tantos centavos por cada peso, y sus acreedores les permiten quedar en libertad. Pero esa no es la manera en que Dios perdona. Él no requiere nada de nuestra parte, porque no tenemos nada que dar. Somos justificados gratuitamente por su gracia.
Uno podría pensar que este siervo, después de haber sido perdonado de una deuda tan enorme, habría salido con un corazón bien dispuesto hacia todos. Pero sucedió lo contrario. «Pero cuando salió aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendolo, le ahogaba, diciendo: Págame lo que debes». Había olvidado cuánto se le había perdonado. Poco antes estaba a los pies de su señor, rogando por tiempo y por paciencia. Pero el recuerdo de aquel perdón maravilloso no había logrado ablandar su corazón.
Lo que su consiervo le debía era una bagatela en comparación con su deuda infinita al rey; sin embargo, exigió el pago y se negó a mostrar misericordia. ¿Cómo está la cosa con nosotros? Esta mañana nos arrodillamos a los pies de Dios, imploramos su perdón y recibimos de Él la seguridad de que todos nuestros pecados habían sido borrados. Luego salimos, y alguien nos dijo una palabra áspera, o hizo algo que nos irritó, o nos perjudicó de algún modo. ¿Cómo tratamos a nuestro prójimo que nos hizo esos pequeños agravios? ¿Le extendimos la misma paciencia y misericordia que Dios nos había mostrado por la mañana?
Pronto el siervo volvió a estar delante de su rey. Su duro trato hacia su consiervo había sido denunciado. Muy severo fue el juicio que entonces oyó el hombre implacable: «Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné… ¿no debías tú también tener misericordia de tu consiervo, así como yo tuve misericordia de ti?». El rey tenía razón en su severa reprensión. El hombre que había recibido tanta bondad de su mano debía ciertamente haber sido bondadoso con su prójimo, que le había agraviado en un asunto tan pequeño. Un antiguo escritor español dice: «Devolver mal por bien es diabólico; devolver bien por bien es humano; devolver bien por mal es divino».
Jesús hace muy clara la aplicación de su parábola: «Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano sus ofensas». Esto no significa que Dios revoque realmente el perdón que una vez concedió. De hecho, la persona que actúa así nunca ha sido verdaderamente perdonada. «Si recibes perdón de Dios, lo darás a tu hermano; si lo retienes a tu hermano, con eso demuestras que no lo has recibido de Dios».
Así somos puestos frente a frente con una enseñanza práctica muy definida que no nos atrevemos a ignorar. ¿Tenemos el espíritu perdonador? Un antiguo proverbio dice: «¡La venganza es dulce!». Pero esto no es cierto. «El espíritu implacable es una raíz de amargura de la cual brota un árbol cuyas hojas son venenosas, y cuyo fruto, llevando en sí las semillas de nuevo mal, ¡es muerte para todos los que lo prueban!».
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: A Lesson on Forgiveness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.