Horas devocionales con la Biblia — volumen 6

La gloria que transforma el rostro del creyente

La cercanía de Cristo transfigura el rostro, las vestiduras y las circunstancias del creyente. La oración transforma el alma, y las pruebas más oscuras esconden la voz del amor divino.

Tres hombres, Pedro, Jacobo y Juan, estaban con el Maestro cuando Él fue transfigurado. Todos los discípulos pertenecían a su familia íntima; pero estos tres fueron llevados al círculo interior y gozaron de la comunión más estrecha con Él. En varias ocasiones encontramos que Él escoge a los mismos tres para una compañ ía especial. En el huerto de Getsemaní estos tres fueron elegidos para estar más cerca de Él, a fin de que con su simpatía y ternura pudieran fortalecerlo y ayudarlo así a soportar su amarga agonía. Sabemos que los más santos serán los que más se acerquen a Cristo. La fe acerca a los hombres, mientras que la duda y la incredulidad los separan de Él. La pureza de corazón nos acerca: los limpios de corazón verán a Dios. La semejanza a Cristo nos capacita para una amistad personal estrecha con Él. Jesús dijo que quienes sirven con mayor olvido de sí mismos son los primeros en su reino. El egoísmo nos mantiene lejos. Es un consuelo descubrir que Pedro, aunque un discípulo muy defectuoso, fue uno de los admitidos a la amistad más estrecha con Cristo.

Es interesante aprender del evangelio de Lucas (9:28-36) que Jesús estaba orando cuando ocurrió este maravilloso cambio en su apariencia. Mientras se arrodillaba ante su Padre, el cambio comenzó a manifestarse en su rostro. Se refiere de ciertos hombres santos que un cambio semejante ha venido sobre ellos cuando oraban. Aprendemos así que la oración tiene un poder transfigurador. La comunión con Dios hace descender el cielo a nuestra vida. Fue después que Moisés pasó cuarenta días en el monte a solas con Dios que el pueblo vio el resplandor deslumbrante en su rostro. Así también fue cuando Esteban miraba al cielo, contemplando la gloria de Dios, que incluso sus enemigos vieron su rostro como si hubiera sido el rostro de un ángel. Solo la mirada hacia arriba puede conferir belleza celestial. Nuestras comuniones forman nuestro carácter. Si pensamos sólo en las cosas terrenales, nos volveremos terrenales. Si nos deleitamos en el oro, nuestra vida se endurecerá en la bajeza. Si miramos hacia Dios, creceremos a semejanza de Dios. Una vida de oración nos transformará en espiritualidad y traerá sobre nosotros la hermosura del Señor.

No solo el rostro de Jesús fue transfigurado, sino que aun sus vestiduras resplandecieron. Un escritor sugiere que las vestiduras aquí pueden representar las circunstancias y experiencias de la vida del cristiano. Cuando alguien vive cerca de Cristo, todo lo que le concierne es transfigurado: por ejemplo, el cuidado. Toda vida tiene sus cuidados, sus cargas, sus ansiedades, sus experiencias que naturalmente irritarían y afligirían el espíritu. Pablo nos dice que si damamos a conocer todas nuestras peticiones a Dios, la paz de Dios guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos. Lo mismo es cierto respecto a las labores y tareas de la vida. Muchos de nosotros hallamos difícil la vida, con su incesante deber y su pesada rutina. Pero cuando el secreto del Señor está en el corazón, podemos entonar cánticos de gozo aun en el camino más fatigoso. Lo mismo sucede con el dolor. Toda vida tiene dolor. Pero si Cristo es nuestro, tenemos consuelo en el dolor. Así todas las vestiduras de la vida, todas las experiencias y condiciones de la vida, son iluminadas por la paz en el corazón.

Mientras los discípulos estaban sobrecogidos por el resplandor del rostro y de las vestiduras de su Maestro, se dieron cuenta de la presencia de visitantes celestiales junto a Él. «Entonces se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús». Cómo supieron quiénes eran estos hombres, no se nos dice. Quizá el Maestro se lo dijo después. Esto fue algo verdaderamente maravilloso. Durante más de novecientos años Elías había estado en el cielo, y durante más de mil cuatrocientos años Moisés había estado ausente de este mundo; ¡ambos reaparecen aquí en la tierra, aún vivos, hablando y obrando! Hay muchas pruebas de la inmortalidad; aquí hay una ilustración: vemos a dos hombres, muchos siglos después de haber vivido en la tierra, aún vivos y activos en el servicio de Dios. Lo mismo será con nosotros y con nuestros amigos: miles de años después de haber desaparecido de la tierra, seguiremos vivos y activos. Este es un pensamiento grandioso. ¡Si lográramos meterlo en el corazón, cuánto más noble haría toda nuestra vida! Entonces formaríamos nuestros planes para abarcar miles de años, y no solo el pequeño espacio que ahora llamamos tiempo.

La transfiguración no fue un incidente sin propósito en la historia de Jesús. Evidentemente fue dispuesta para prepararlo ante lo que le aguardaba. Acababa de hablarse de que Él iba a morir en Jerusalén. Lo había sabido mucho antes, que iba a la cruz. Sin embargo, al emprender ahora su último viaje y ver el fin, necesitaba ánimo y consuelo, y para eso fue dada la transfiguración, con su embajada del cielo y su voz confirmadora. Cuando tenemos presente este propósito, el significado de los diversos incidentes se vuelve claro.

Es interesante, con esto en mente, pensar en la conversación que estos dos hombres tuvieron con Jesús. Fue acerca de su partida, de su éxodo de este mundo, nos dice Lucas. Habían sido enviados del cielo para confortarlo y fortalecerlo mientras emprendía su camino hacia la cruz. Él tendría amargos dolores y grandes sufrimientos, y ellos vinieron a pronunciar su palabra de aliento antes de que entrara en esa experiencia. Sin duda, todo el camino hasta el fin, su corazón fue más valiente y fuerte gracias a esta visitación.

Pedro no podía permanecer callado. Ni aun la gloria celestial lo silenció. Cuando se dio cuenta del maravilloso esplendor que estaba presenciando, propuso conservarlo en la tierra y no permitir que se fuera. «Señor, bueno es para nosotros estar aquí. Si quieres, haré tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro tenía razón: era bueno estar allí. Pero en ese mismo momento había trabajo esperando a Jesús al pie del monte. Allí había un pobre endemoniado, a quien los discípulos no podían sanar. Luego, más allá, estaban Getsemaní y el Calvario para Jesús; y para Pedro, Pentecostés, con años de ferviente servicio apostólico, y después el martirio. Es muy dulce comulgar con Dios en el aposento, en la Mesa del Señor; pero no debemos emplear todo nuestro tiempo ni siquiera en estos santos ejercicios. Mientras los arrobamientos llenan nuestra alma, no debemos olvidar que afuera hay necesidades humanas, y las necesidades claman por ayuda y simpatía. No podemos construir tabernáculos y retener nuestras visiones celestiales; debemos meter la visión en el corazón y luego salir a ser una bendición para el mundo.

Entonces vino el otro testimonio. Moisés y Elías habían venido para hablar con Jesús acerca de su muerte y del bendito resultado que tendría en la redención humana. Luego, desde el cielo, el Padre habla, dando testimonio del mesianismo de Jesús. Los discípulos habían quedado muy turbados por lo que Jesús había dicho una semana antes: que era necesario que Él padeciera y fuera muerto. Su idea del Mesías había sido terrenal. Su fe debió de haberse fortalecido con las palabras: «Este es mi Hijo amado», y con el mandato de que escucharan su voz, y solo su voz. Aun cuando no pudieran entender, y aun cuando lo que Él decía pareciera destruir sus esperanzas, ahora estaban dispuestos a escuchar.

Hay momentos en que los caminos de Dios con nosotros parecen misteriosos, cuando pensamos que el desastre se acerca a toda perspectiva hermosa de nuestra vida. En todas esas horas deberíamos recordar que Aquel que gobierna sobre todo es el Hijo de Dios, nuestro Amigo y Salvador, y que nuestra confianza en Él nunca debiera fallar. Siempre deberíamos escuchar con quietud y sumisión lo que Él dice, y cuando todo parece extraño y oscuro, nunca deberíamos dudar ni temer. Lo que entonces tanto desconcertó a los discípulos acerca del mesianismo de Jesús, nosotros lo vemos ahora como la sabiduría más gloriosa y amorosa. Así, en nuestras pruebas más extrañas, están la verdadera sabiduría y el amor más rico. Esta voz salió de la nube; de las nubes que penden sobre nosotros vienen las voces del amor más divino.

Cuando Jesús y los discípulos bajaron a la mañana siguiente del monte de la transfiguración, encontraron a los demás discípulos en aprietos. Durante la ausencia del Maestro, le habían llevado un muchacho epiléptico para que lo sanaran. Intentaron curarlo, pero no pudieron. Cuando Jesús apareció, el padre afligido se arrodilló ante Él, suplicándole que tuviera misericordia de su hijo. Le contó su historia con toda su patética intensidad: el grave sufrimiento del muchacho y su amarga decepción cuando los discípulos no pudieron sanarlo. Jesús escuchó con compasión y luego dijo: «Tráelo aquí a mí». Una palabra suya bastó: «El muchacho fue curado desde aquella hora».

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Transfiguration

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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