El camino del cristiano

Confiar únicamente en Cristo para nuestra salvación eterna

La verdadera confianza en Cristo debe ser exclusiva, implícita y continua, pues solo así acompaña a la salvación y conduce al alma a descansar segura en los méritos finished de su redención.

Confiar en Cristo es, en el sentido más enfático, una de "las cosas que acompañan a la salvación." Todos los que son ajenos a ella no tienen parte ni suerte en aquellas bendiciones espirituales que están en Él. ¡Cuán importante es, pues, que tengamos ideas correctas acerca de su naturaleza; porque errar en un tema semejante no puede menos que afectar nuestra seguridad eterna!

Nuestra confianza en Cristo, para que sea eficaz, debe ser exclusiva. De esto muchos parecen ser ignorantes o desprevenidos, pues piensan que es necesario mezclar alguna supuesta dignidad propia con la obra acabada de Él. Pero esto jamás servirá. Como los pies de la imagen de Nabucodonosor, parte de hierro y parte de barro —tales ingredientes tan diversos, que no poseen propiedad alguna de cohesión, no pueden sostenerse—. No; la palabra ha salido y no volverá vacía; los consejos de la eternidad lo han establecido, y cada página del volumen inspirado lo declara de la manera más explícita: que "nadie puede poner otro fundamento que el que ya tenemos —Jesucristo—."

Veamos a ello, entonces, si valoramos la salvación de nuestra alma, que Cristo sea nuestra única confianza. Méritos propios no tenemos ninguno. De esto el creyente verdadero es plenamente consciente, y por ello su lenguaje es —

"Nada en mis manos traigo,

simplemente a tu cruz me aferro;

desnudo, vengo a ti por vestido;

indefenso, miro a ti por gracia;

culpable, a la fuente vuelo;

¡Lávame, Salvador, o muero!

Ni el trabajo de mis manos

puede cumplir las demandas de tu ley;

aunque mi celo no conociera tregua,

aunque mis lágrimas fluyeran para siempre,

nada podría expiar por el pecado;

¡Tú debes salvar, y tú solo!"

En segundo lugar, nuestra confianza en Cristo debe ser implícita. Esta característica puede ilustrarse mediante una comparación familiar. Se llama a un médico para visitar a un enfermo, y tras examinar el caso, extiende una receta. El paciente, sin embargo, le dice que no tomará ni una sola cucharada del medicamento a menos que se le informe de qué está compuesto, cómo es probable que actúen los diversos ingredientes y qué efectos se pretende producir. Si las explicaciones son satisfactorias y el procedimiento a seguir merece su aprobación, promete seguir el consejo dado. El médico le informa que no acostumbra hacer cosa semejante y que ningún hombre razonable lo esperaría de él. "Yo siempre doy por sentado," dice, "que sé mejor lo que debo recetar a mis pacientes que ellos mismos; y si usted no tiene confianza en mí, cuanto antes se suspendan mis visitas, mejor." Semejante lenguaje se recomienda de inmediato como justo y apropiado; pues toda persona que posea el menor grano de sentido común ha de reconocer que depositar una confianza implícita en su médico es uno de los primeros deberes que un paciente le debe. Y esa exigencia del médico terrenal la reclama Cristo, el gran Médico de las almas. Él requiere de nosotros que le confiemos —que confiemos en su habilidad, su sabiduría, su poder, su ternura, su fidelidad— y eso con una plena e incuestionable aquiescencia. ¡Y qué motivos tan amplios tenemos para hacerlo!

Observaríamos además que nuestra confianza en Él debe ser continua. Una importancia indecible pertenece a lo que el apóstol llama "el principio de nuestra confianza"; pero tal acto debe repetirse una y otra vez. La vida del cristiano es, de principio a fin, una vida de fe; sea cual fuere lo que distinga su senda, esta es una de sus características más sobresalientes. Y como la confianza es ya sea un elemento esencial de la fe o su adjuncto inseparable, se sigue que debe ejercitarse durante toda la carrera del creyente. A lo largo de la vida y en la muerte su lenguaje debe ser: "En tus manos encomiendo mi espíritu, porque tú me has rescatado, Señor Dios de verdad."

Dichoso el hombre que así confía en Él; no será avergonzado ni confundido, para siempre jamás. Lector, que su dicha sea la suya; y no descanse hasta que pueda decir: "Sé en quién he creído, y estoy persuadido de que es poderoso para guardar lo que le he confiado hasta aquel día."

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Trusting in Christ

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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