Jesús no prohíbe las lágrimas. Son cosas santas consagradas por la ternura encarnada. Deje el mundo, si quiere, condenar el duelo como falta de virilidad —o peor, busque el olvido de sus pruebas en el vertiginoso torbellino de sus placeres y necedades, y haga de la tumba de sus muertos “la tierra del olvido”. Jesús no fomenta semejante estoicismo frío y severo. Pero, por otra parte, tampoco aprueba un dolor excesivo. El verdadero duelo cristiano es sereno, tranquilo, templado. La multitud bulliciosa, clamorosa y fingida es rechazada de la escena. Si hubieran sido lágrimas de afecto, las habría tenido por sagradas; pero al ser los huecos ecos de corazones insensibles, dice: “Apartaos; ¿por qué hacéis este alboroto y lloráis?”.
Jesús, en cada ocasión de su ministerio público, estampa con su aborrecimiento toda apariencia. Detesta lo irreal, lo que se hace pasar por oro siendo oropel —sea gozo fingido, piedad fingida o lágrimas fingidas. Ese es un dolor pobre que se gasta en adornos funerarios —que se mide por semblantes lúgubres, palabras apasionadas y ropas de luto. El verdadero duelo no se parece al arroyo que murmura y se queja porque pasa por un lecho poco profundo —lo más hondo hace menos ruido. El dolor inconsolable no corresponde al cristiano. Abandonarse a la sombra huraña, a la melancolía ensimismada y al descontento es errar tristemente y equivocarse con el gran designio de la prueba. Dios la envía para despertarnos al sentido de las realidades de la vida —no para cruzarnos de brazos, sino para estar más resueltos que nunca en nuestra obra y nuestra milicia. ¡Oh! cuando le plazca entrar en nuestros hogares y, como el Gran Dueño de la vida, reclamar lo suyo, sea nuestro reconocer su derecho y prerrogativa para revocar el don.
“El Señor ama al que da con alegría”. Aunque fue en una prueba de la que Dios libre a usted y a mí de conocer alguna vez la amargura, no conozco en toda la Escritura un cuadro más conmovedor de este asentimiento silencioso en la voluntad soberana de Dios, que el caso de un padre que había visto a sus dos hijos indignos heridos ante sus propios ojos, y del cual, sin embargo, solo leemos que “AARÓN GUARDÓ SILENCIO”.
V. Por último, aprendamos de este pasaje que Cristo es el gran Vencedor de la muerte.
Hasta este periodo de su ministerio público, con la excepción del milagro de Naín recién considerado, seguimos sus huellas de misericordia y poder principalmente, si no exclusivamente, como el Sanador de enfermedades —el salvador del cuerpo— el Señor de la naturaleza— el Soberano del espíritu. Vemos al Dolor encorvado e importuno a sus pies; al Arrepentimiento avanzando mansamente a su lado rociándole con lágrimas; a la Enfermedad que a su orden echa alas y huye.
Pero aquí rompe de nuevo las cadenas de la Muerte. Recoge otra gavilla de esa poderosa Cosecha de vida, de la que los ángeles serán los Segadores en la mañana de la Resurrección.
Notemos una consoladora seguridad que nos da —primero, respecto de los que mueren, y segundo, respecto de los muertos.
(1.) Nos dice respecto de cada lecho de muerte —que el hilo de la existencia está en sus manos —que él vivifica y restaura a quien quiere —que a él, como “Dios el Señor, pertenecen las salidas de la vida —y de la muerte”.
“Tu hija está muerta” (decía la atrevida incredulidad humana)—“no molestes al Maestro”. Pero el mensaje es prematuro. Él ha invertido el reloj de arena. Ha hecho que la sombra retroceda, como en el reloj de Ezequías.
¡Gloriosa seguridad! Nuestras vidas y las vidas de todos los seres cercanos y queridos están en su custodia. Es él quien envía al Ángel-mensajero. Es él quien marca cada árbol del bosque —quien corta cada lirio del jardín. Mi salud y mi enfermedad, mis gozos y mis pesares, mis amigos, mis hijos, están en las manos del CRISTO DEL CALVARIO. Nosotros, en nuestra ciega incredulidad, podemos considerar a la Muerte como un tirano arbitrario que señorea, con cetro de hierro, sobre víctimas inermes. Pero el Evangelio enseña una filosofía más noble. Habla de Uno en el cielo que tiene en sus manos “las llaves del sepulcro y de la muerte”, y que, a la hora que él juzga mejor, pero ni un instante antes, “vuelve al hombre a la destrucción, y dice: ¡Volved al polvo, hijos de los hombres!”.
(2.) Nos da una palabra consoladora respecto de los MUERTOS.
Cristiano, él dice de tus muertos (los muertos en Cristo —los verdaderos cristianos): “no temas, solo cree”. “No llores —ella no está muerta, sino que duerme”.
Pongámonos en pensamiento junto al gran Lutero, al verlo inclinarse primero sobre el lecho de muerte de su amada hija Magdalena, y luego sigámoslo en el triste desenlace de aquel dolor de su vida. “Dios benigno”, exclama, “si es tu voluntad llevarla de aquí, me conformo sabiendo que estará contigo… Gustosamente conservaría a mi niña, pues me es muy querida, si nuestro Señor Dios quisiera dejármela. Pero hágase su voluntad. Para ella nada mejor puede suceder… Tú, querida mía”, exclamó entre lágrimas cuando todo había terminado, y contemplaba el ataúd, “¡cuán bien te encuentras!… Resucitarás y brillarás como una estrella, sí, como el sol… Deberíais alegraros”, añadió a los circunstantes que habían venido a prestar los últimos oficios de afecto, “he enviado un santo al cielo”.
Al regresar del funeral, “Mi hija”, dijo, “ya está provista, en cuerpo y en alma. Los cristianos no tenemos de qué quejarnos. Sabemos que ha de ser así. Estamos más seguros de la vida eterna que de ninguna otra cosa. Pues Dios, que nos la ha prometido por amor de su amado Hijo, no puede mentir”. Y, una vez más, en su hogar silencioso y oscurecido —“Ichabod”— del cual la gloria se había apartado, escribe así a un amigo muy querido: “Desde lo más hondo de mi corazón anhelo que a mí y a los míos, a usted también y a todos los que nos son queridos, nos sea concedida una hora semejante de partida; eso es verdaderamente dormir en el Señor”.
Se ha observado con frecuencia una hermosa y notable progresión en las tres resurrecciones milagrosas de nuestro Señor. Esta que hemos venido considerando fue la primera en el tiempo. La hija de Jairo fue levantada inmediatamente después de sobrevenida la muerte, cuando el cuerpo aún descansaba en su lecho mortuorio. Su alma apenas había emprendido su vuelo al mundo de los espíritus, cuando los ángeles que la llevaban fueron convocados a restituirla. La segunda, en orden de tiempo, fue la resurrección del hijo de la viuda de Naín. La muerte, como entonces vimos, había alcanzado un triunfo más prolongado. Había mediado el tiempo acostumbrado de lamento; lo llevaban a la gruta sepulcral cuando la voz de la Deidad resonó sobre su ataúd. La tercera y última de esta clase de milagros fue la resurrección de Lázaro en Betania. Allí la muerte había logrado un dominio aún más señalado. Los ritos funerarios habían concluido —cuatro días llevaban sellados esos labios antes de que se pronunciara la palabra vivificante y restauradora de la vida. Hay UN OTRO paso gigantesco en esta progresión. “Viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y saldrán”.
En el primer caso que hemos citado de nuestro relato actual, el tiempo transcurrido entre la partida del espíritu y su restitución se midió por momentos; el segundo caso, por horas; el tercero, por días; el cuarto se mide por edades —siglos— milenios. Pero ¿qué importa? ¿Qué aunque llamemos a la tumba la “morada larga”, y a la muerte el largo sueño? Por él (para quien mil años son como un día) ese polvo precioso, porque redimido, será restaurado de algún modo misterioso. “Yo los rescataré”, dice él mientras mira a lo lejos, a través del horizonte de los siglos, hacia esta gloriosa consumación: “Yo los rescataré del poder del sepulcro; los redimiré de la muerte. ¡Oh muerte, seré tu plaga! ¡Oh sepulcro, seré tu destrucción!”. ¡Tiempo bendito, tres veces bendito!
Así como en esta casa de Jairo fue su propia hija amada la que, en forma y rasgos, estuvo de nuevo ante ellos —así como vimos a las viudas de Sarepta y de Naín contemplando los semblantes inalterados de sus propios hijos queridos —así como dentro de poco hallaremos a las hermanas de Lázaro viendo en él que salió del sepulcro, no una forma extraña y extrañamente alterada —sino al hermano de sus corazones, así creemos que en aquella mañana maravillosa de la inmortalidad, los seres amados en la tierra llevarán sus antiguas sonrisas familiares y miradas amorosas —conservarán su identidad personal.
No; además, creemos que los afectos que santificaron los hogares en la tierra no serán embotados, extinguidos, aniquilados —sino más bien ennoblecedios y purificados. Hermanos, hermanas, padres, hijos, serán vinculados de nuevo en los tiernos lazos y recuerdos de la tierra, reuniéndose en grupos amorosos alrededor de los manantiales de aguas vivas, y cantando juntos el doble himno de la Providencia y la Gracia —“¡el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero!”.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE EARLY DEATH OF AN ONLY DAUGHTER — Parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.