El amor que surge de esta relación, aunque no puede odiar, sí puede disgustarse y castigarlos por sus locuras. Moisés dice a los israelitas: "Reflexionarás en tu corazón que así como un padre corrige a su hijo, así el Señor tu Dios te corrige a ti." Deuteronomio 8:5. En los niños la razón no está aún completamente despejada, no son capaces de gobernarse a sí mismos y solo se les enseña con placer o dolor sensibles. De modo que un padre está obligado a unir la corrección con la instrucción, para formarlos en la virtud. Esto no solo no es incompatible con el afecto paternal, sino que es inseparable de él. Para un padre permitir que un hijo avance placenteramente en el pecado sin el debido castigo es pura crueldad disfrazada con máscara de compasión; pues, por descuido de la disciplina, se confirma en sus malos caminos y se expone a la ruina. Por tanto, el apóstol añade: "pues el Señor disciplina a quien ama." Así como de la ira más severa a veces se abstiene de golpear, así del amor más tierno aflige.
Los creyentes humildes, a través de una nube de lágrimas, pueden ver la luz del rostro de Dios: pues Dios, habiéndolos elegido con amor especial para una gloriosa herencia en lo alto, dispensa todas las cosas aquí para prepararlos para ella; y todos los males temporales, como medios, son transformados en la naturaleza del fin al que sirven. De modo que los sufrimientos más agudos provienen realmente del favor de Dios, ya que son beneficiosos para obtener la verdadera felicidad.
El diablo suele tentar a los hombres en un paraíso de deleites, para precipitarlos al infierno.
Dios los prueba en el horno de las aflicciones, para purificarlos y prepararlos para el cielo.
(2.) Es un fuerte cordial contra el desmayo considerar que, en virtud de la relación paternal, "azota a todo hijo que recibe." Pues ninguna tribulación es más dolorosa y punzante que las inesperadas. Ahora bien, cuando estamos seguros de que no hay hijo a quien el Padre celestial no disciplina, nos sorprendemos menos cuando encontramos cruces. En verdad, apenas hay alguna clase de aflicción que nos pueda sobrevenir, de la cual no tengamos algún ejemplo en las Escrituras de los santos padeciendo lo mismo.
¿Somos pobres y humildes en el mundo? Debemos considerar que la pobreza con santidad es una bendición divina: Jesucristo, el santo y amado Hijo de Dios, no tenía dónde reclinar su cabeza.
Fuente y atribución
Autor original: William Bates
Título original: How to Bear Afflictions — parte 6
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de William Bates, publicado originalmente en Grace Gems.