La soledad endulzada

El avaro espiritual que se muere de hambre en la mesa del Rey

Una exhortación a no vivir como avaros espirituales, sino a banquetear con largueza en la plenitud de Cristo, revestirse de su justicia y vivir conforme a la grandeza del coheredero con Él.

¿Quién es más objeto de ridículo que el avaro rico, que se acuesta sin cenar porque no quiere sacar un solo céntimo de sus inmensas sumas para comprar comida; temeroso de vivir de lo que jamás podrá gastar, y ansioso por amontonar lo que nunca podrá disfrutar?

¿Actuaré, pues, como el avaro en las cosas espirituales? ¿Temeré vivir de la plenitud suficiente de mi Señor, no sea que sus tesoros se agoten? ¿Me abstendré de beber de su océano desbordante, no sea que se seque ante mis ojos? El cielo no ama menos a un receptor liberal que a un dador liberal. ¿Es decoroso pasar hambre en la mesa del rey, o decir a la mano que enriquece: «Detente, no puedes dar tanto»? La mísera mezquindad del avaro puede, tras su muerte, beneficiar a sus herederos, y entre tanto acrecentar sus propias riquezas; pero no es así conmigo. Mi vivir pobre y parcamente en el presente sobre las promesas, jamás beneficiará mi estado futuro, ni dejará mayor abundancia para otros santos; ni hará más colmados los tesoros celestiales el que yo no tome de ellos cada día. Aunque Daniel lucía más sano que los que se alimentaban del pan contaminado del rey de Babilonia, mi alma, sin embargo, lucirá flaca y enjuta, a no ser que se alimente y banquetee con la porción diaria del Rey de la gloria, cuya mesa está cubierta de una abundancia infinita. Todos los ángeles y todos los santos pueden banquetear sin cesar sin mermar el divino tesoro, el cual, en cuanto a su despliegue y manifestación, crece, como en los días de su carne, entre los numerosos comensales, y se acrecienta entre los dichosos invitados. ¿Por qué, pues, pasar hambre en tal mesa, morir de inanición en medio de tanta abundancia, y convertir la liberalidad divina en la mezquindad de la incredulidad? ¿Limitaré esa bondad que más bien está perpleja sobre dónde derramar su plenitud —porque pocos aceptan a Cristo y su plenitud— que falte de una sobreabundancia que conceder?

En adelante, que mi alma viva por fe con largueza sobre las promesas, y viva espléndidamente espiritual a expensas del Rey, que no lo tomará a mal. Que me revista del real atuendo del Hijo de Dios, el vestido de la justicia imputada; y, como señal de que este es el bordado ornamento de mi hombre interior, conserve manos limpias y una santa conducta. ¿Por qué he de arrastrarme y rastrarme por los senderos oscuros y las veredas del desaliento, cuando puedo cabalgar en el carro del pacto, que Salomón ha labrado para las hijas de Jerusalén, y ha pavimentado su interior con amor? ¿Por qué he de caminar a pie entre el temor y la infidelidad, cuando mi asiento está vacío allí, y nadie más puede ocupar mi lugar? Entonces, para honra de aquel a quien pertenezco, apareceré como uno de la familia real del cielo. Me regocijaré en él siempre, y otra vez me regocijaré. ¡Banquetearé mi alma con sus divinos manjares y sorberé la miel de las promesas! Me saciaré con su bondad, y beberé de su río que alegra la ciudad de Dios. No moraré en la sombra de la tristeza, sino que saldré y caminaré a la luz de su rostro, en el resplandor de su gloria. Instaré a su gracia que somete el pecado, y suplicaré fuerzas para pelear las batallas del Señor, a fin de que en su nombre venza a todos mis enemigos. Meditaré en la opulencia de mi tesoro, en la extensión de mi heredad y en las excelencias de mi Amado; y viviré para gloria de aquel que me da todas las cosas ricamente para que disfrute —conforme a la magnificencia de un heredero de Dios— conforme a la grandeza de un coheredero con Cristo.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: The spiritual miser

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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