Cuando miro hacia atrás algunos años, recuerdo que mis pensamientos acerca de las cosas comunes eran mucho más reducidos de lo que son ahora. «Cuando era niño, pensaba como niño»; pues aunque oía los sonidos que me rodeaban y los discursos de todos los que estaban junto a mí, eran demasiado vastos para que yo los comprendiera; ni podía transmitir mis ideas a ellos en palabras articuladas. Sí, cuando me elevé un poco de este estado infantil, no podía sacudir mi ignorancia, ni formarme una noción adecuada de los océanos que circundan la tierra, de los polos opuestos y de la tierra suspendida sobre nada. Aún no conocía nada de los cuerpos celestes, del sol glorioso, de la espléndida luna o de las centelleantes estrellas; del hermoso arcoíris, de las lluvias que caen y de los truenos que resplandecen. Estas cosas, entonces demasiado sublimes para mi pensamiento, son ahora, en cierto sentido, inteligibles y familiares; y esto no proviene de ninguna adición de nuevas potencias, sino de un incremento de las facultades de mi alma.
Ahora, permítame pasar la página y que mi meditación extienda sus alas hacia la bienaventuranza eterna. Es un pensamiento que me revive: esta alma mía, si está unida al Hijo viviente de Dios, la Cabeza que da vida, conocerá las cosas divinas a la luz de la gloria. Cosas que apenas he oído, y que, por la grosería de mi ignorancia actual, no pueden entrar en mi corazón, serán entonces mis temas predilectos. Además, así como el sol, la luna y las estrellas se me aparecen más hermosas que antes, no por ninguna nueva adición de gloria a ellas, sino por mi conocimiento claro de su naturaleza y magnitud, así estoy convencido de que, si las estrellas estuvieran tan cerca de nosotros como la antorcha del día, todas aparecerían como otros tantos soles llameantes; y que, si el sol mismo estuviera tan cerca como la luna, mirara al este o al oeste, al sur o al norte, hasta que mi mirada terminara, no vería sino un inmenso e insoportable cielo de fuego llameante.
Así también, cuando sea trasladado al paraíso de Dios, ¡cuánto se deleitará mi alma con el conocimiento del Altísimo, y será arrebatada ante la perspectiva de crecer más y más sabia en las cosas de Dios! Aunque mi alma será entonces perfecta en comparación con lo que es ahora, y perfecta con respecto a todas las partes del conocimiento, la felicidad y la bienaventuranza, sin embargo, en cuanto a la extensión del grado, estará siempre en aumento; pues aunque la mente finita nunca puede conocer todo lo que hay que conocer de un Ser infinito, que solo a sí mismo se comprende, sin embargo será la excelencia, el deleite y la ocupación de los santos glorificados aspirar siempre a más y más de Dios.
Ahora, aunque ninguna nueva perfección, atributo, excelencia o gloria se encontrará jamás en Dios, estando todos eterna y esencialmente en él, sin embargo, cuanto más tiempo esté en su presencia, más glorioso me será, porque lo conoceré más y más. Cuanto más de él conozca, más lo admiraré y amaré. Cuanto más lo admire y lo ame, más me haré semejante a él. Cuanto más me haga semejante a él, más grande y más capaz será mi alma. Cuanto más se ensanchen las facultades de mi alma, más aprehenderé de Dios. Cuanto más Dios sea aprehendido y conocido, más será glorificado. Así, en un progreso eterno de conocer, admirar, amar y asimilarse a Dios, y de ensanchamiento del alma, por el cual ella será capacitada para amar, admirar y conocer aún más, asimilarse, acercarse y participar de las perfecciones comunicables de la Divinidad, consistirán la ocupación ininterrumpida y la felicidad embelesadora de los bienaventurados, mientras, a través de todo ello, Dios es todo en todos.
Además, si hay tal diferencia entre mis pensamientos cuando intenté hablar por primera vez y cuando llegué a los diez años de edad; y entre mis pensamientos a los diez años y los que soy capaz de tener ahora; ¿cuál será el aumento divino de mi alma cuando, en la visión beatífica de Jehová y del Cordero, haya sido un adorador asombrado, arrebatado y ardiente durante mil años, y añada a ello otros mil, hasta que los números falten y el cálculo sea absorbido por la eternidad misma? ¿No arderé en su amor, resplandeceré en su llama y me asimilaré a él en su eterna irradiación?
Y otra vez, cuando considero la gran desproporción que hay entre las facultades mentales de los hijos de los hombres, de modo que uno tiene las ideas más absurdas de todas las cosas, mientras otro tiene concepciones adecuadas de la mayoría de ellas, y aunque sublimes, imperfectas aprehensiones del mismo Dios, me quedo asombrado al descubrir, no solo que el más humilde de los santos, unido a Cristo, sobresale con mucho al más sabio de los hombres del mundo, sino que un santo difiere grandemente de otro, no solo en este mundo, sino en el venidero. Una estrella difiere de otra en gloria, y sin embargo cada estrella es gloriosa y está llena de gloria. Ahora bien, esta diferencia de grados en la gloria comienza aquí abajo. «El que siembra escasamente, también segará escasamente; pero el que siembra abundantemente, segará abundantemente», ¡para siempre! El alma que arde en el fuego del amor saldrá en gloria inmortal; y así como se dice que los lechos de oro maduran bajo los soles del brezal, así los que más yacen bajo los rayos del Sol de Justicia madurarán hacia la gloria más resplandeciente.
Ahora, cuando todos estén sumergidos en felicidad y gloria, cada alma será perfecta y colmada de gloria; sin embargo, cada alma conservará sus logros y retendrá su crecimiento. Por tanto, cuanto más grande y capaz sea el alma, de un modo más elevado es conocido Dios; y cuanto más Dios es conocido, más es glorificado; y esta ventaja debe perseguirse aun aquí en la tierra. Este es el tiempo de la siembra para una eternidad abundante. Esta es la ambición que Dios permite, la avaricia que el cielo aprueba. ¿Qué son los reinos, las coronas o los títulos; qué son las riquezas, la gloria, la fama, en comparación con esto: lograr que mi alma sea ensanchada y capacitada para recibir mucho de Dios, por lo cual él será más glorificado, y en lo cual consistirá la quintaesencia de mi felicidad para siempre?
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The soul's growth
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.