Horas devocionales con la Biblia — volumen 8

El Espíritu que da vida y libertad al creyente

Ninguna condenación hay para los que están en Cristo: perdonados, transformados y guiados por el Espíritu Santo, quienes pasan de la muerte espiritual a la vida y son hechos hijos de Dios.

Alguien ha dicho que si la Biblia se comparara con un anillo, y la Epístola a los Romanos fuera su piedra preciosa, el capítulo octavo sería el punto más brillante de la joya. Es uno de los capítulos más preciosos de todas las Escrituras. Comienza con ninguna condenación, y termina con ninguna separación.

El primer versículo nos dice: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús." Esta es una palabra grandiosa. No son condenados, no son culpables, no tienen nada cargado contra ellos. ¿Cómo sucede esto? ¿Son estas personas santas que nunca han pecado? Si así fuera, no podría consolarnos, pues todos hemos pecado. Sería una palabra solo para los ángeles. Pero esto no es lo que significa. No son los sin pecado quienes así quedan libres de condenación. La referencia es a aquellos que han pecado, pero que han sido perdonados.

Aquellos "que están en Cristo Jesús" son las personas libres de condenación. Han pecado, muchos de ellos muy gravemente. Pero cuando aceptaron a Cristo como su Salvador, todos sus pecados fueron quitados, borrados. Estar en Cristo Jesús significa estar en Él por la fe y el amor. Entonces Él quita toda nuestra culpa, y cuando hace esto, es como si nunca hubiéramos pecado. Nuestros pecados no son recordados jamás. Su rojo carmesí se vuelve más blanco que la nieve. El perdón divino es tan pleno, tan completo, tan cabal, que somos restituidos a nuestro lugar de comunión con Dios, como si nunca nos hubiéramos extraviado.

Los que están en Cristo tienen en sí mismos una vida nueva. Cristo mismo vive en ellos por el Espíritu Santo. Estan llenos del Espíritu y son levantados de la vieja vida, y así quedan libres de su poder. En otra parte dijo Pablo: "Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne." Si el Espíritu vive en nosotros y nos gobierna, ya no estaremos bajo el influjo de la vieja naturaleza, sino que nos elevaremos a una vida nueva, como cuando uno traslada una planta del frío invierno ártico a un verano tropical. Un escritor compara esta "ley de la vida" con el antídoto, que contrarresta un veneno mortal y libra a uno de su "ley de muerte." Otro lo ilustra con la llegada del socorro a una ciudad sitiada. El libertador libra al pueblo de la prisión y le da un gobierno amigo. Otro usa la ilustración del globo, que vence la atracción de la gravedad y eleva a sus pasajeros hacia lo alto. Vivir bajo el poder del Espíritu Santo es ser libre de la terrible esclavitud del pecado.

Los que aún viven la vieja vida, gobernados por los deseos naturales, no tienen interés por las cosas espirituales. Los hombres que solo viven una vida mundana, una vida de complacencia propia y de pecado, no hallarían consuelo en un culto de oración ni en un servicio de la iglesia; mientras que tú, si eres un verdadero cristiano, sentado en el mismo banco, hallarías gran placer en la adoración. Los que tienen el Espíritu aman las cosas espirituales, mientras que los que no tienen el Espíritu se sienten incómodos en presencia de estos goces celestiales.

Solo los que han recibido el Espíritu Santo están realmente vivos espiritualmente. Hay hombres tan muertos a las cosas de Dios y del cielo como lo está el hombre en su ataúd respecto a cuanto le rodea. Sus amigos derraman su tristeza a su lado, pero él no se conmueve. Hay personas que nunca piensan en Dios ni en el cielo. Vivos para este mundo, están muertos a todas las cosas del mundo celestial y a la vida espiritual: el amor de Dios, la gracia divina, la belleza de la santidad, las promesas de Dios, tan muertos como si sus cuerpos fueran de piedra! Alguien cuenta haber visto a un niño con discapacidad crecer en un hogar. Toda la riqueza del santo afecto se derramó sobre él. Padres amorosos velaban con intensa ansiedad alguna respuesta a su gran amor. Pero ninguna respuesta llegó. El niño nunca llegó a ser consciente del tierno amor que lo rodeaba. Así, los que solo se entregan a este mundo viven en medio de las manifestaciones del amor de Dios, bajo la sombra misma de la cruz de Cristo, y, sin embargo, están muertos a todo este afecto maravilloso, del todo insensibles a él!

Los que son gobernados por el Espíritu tienen la mente del Espíritu. Es decir, el Espíritu habita en sus corazones y están vivos espiritualmente. Amán a Dios y aman a sus semejantes. Comulgan con Dios en este mundo. Cristo y ellos son amigos personales cercanos. Estan vivos a todas las cosas de la gracia divina. En sus corazones tienen la paz divina, que es uno de los frutos del Espíritu.

"Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él." No hace a uno cristiano el tener un credo correcto, ni el ser miembro de una iglesia. Somos cristianos solo cuando tenemos el Espíritu Santo en nuestros corazones. Si el Espíritu está en nosotros, tendremos las marcas de su morada en nuestra vida y carácter. Una de estas marcas es el amor; otra, el gozo; otra, la paciencia; otra, la mansedumbre; otra, la gentileza; otra, el dominio propio. Nadie puede ver el Espíritu en nosotros, nadie puede ver a Dios, pero las personas pronto saben si el Espíritu está en nosotros por la manera en que vivimos, por nuestra disposición y conducta.

Jesús dijo una vez a uno de sus discípulos: "Si no te lavare, no tienes parte conmigo." A menos que seamos limpiados por Cristo, no podemos en verdad reclamarnos como suyos. Las palabras aquí son igualmente fuertes: "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él."

Si queremos tener el Espíritu de Dios, debemos "mortificar las obras de la carne." Nuestros corazones son grandes campos de batalla donde se deciden los destinos. Dos fuerzas contenderán siempre por el dominio: la carne, la vieja naturaleza; y el Espíritu, la nueva vida de Dios en nuestras almas. Si la vieja naturaleza vence, lo hemos perdido todo y debemos perecer. Pero si la nueva naturaleza, el Espíritu, vence, entonces entramos en la vida. Sin Cristo solo podemos ser vencidos; con la ayuda de Cristo podemos ser victoriosos. Debemos cuidarnos de hacer de esto un simple esfuerzo humano, pues solos jamás podemos contender contra el poder del mal. Pero hay en este mismo capítulo una hermosa promesa, que dice que podemos ser más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Debemos asegurarnos de tener a Cristo con nosotros en la batalla.

Los que son guiados por el Espíritu son hijos de Dios. Es un pensamiento maravilloso que podamos ser guiados por el divino Espíritu mismo. El Espíritu nos guía no desde fuera, como en los tiempos antiguos la columna de nube guiaba al pueblo, sino viviendo en nosotros y llenando nuestros corazones de motivos, sentimientos, deseos y afectos rectos. Debemos abrir nuestros corazones al Espíritu, pues Él nunca forzará su entrada. Está a la puerta y llama, y si le abrimos, entra y se convierte en nuestro guía. Es un glorioso privilegio ser hijo de Dios. Aquí se nos dice cómo podemos entrar en esta relación. En el Evangelio de Juan se dice que a cuantos reciben a Cristo, a ellos Él les da el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Es, pues, muy claro: la puerta está abierta de par en par hacia el hogar del Padre celestial. Todos los que se entregan a la vida, al amor y al gobierno divinos, llegan a ser hijos de Dios.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Life-Giving Spirit

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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