Nuestro amor debe ser sincero, "sin fingimiento", como dice Pablo. Un hipócrita es un actor. Finge ser lo que no es. No debemos vivir de esta manera, limitándonos a pretender que amamos a las personas, pronunciando para ellos palabras amables, mientras hay amargura en nuestro corazón. Nuestra vida debe ser tan buena como nuestras palabras, y nuestro corazón tan bueno como nuestra profesión de fe.
Si nuestro amor ha de ser sin fingimiento, debemos "aborrecer lo malo y unirnos a lo bueno". Dios aborrece la maldad, aborrece todo lo que es pecado; si queremos ser como Dios, debemos odiar el pecado. No basta con amar lo recto y aferrarse a ello. Esto es muy importante, pero también debemos aborrecer lo que es malo. Esto no significa que debamos odiar a los impíos, pues se nos enseña a amar a todos. No debemos odiar a las personas, sino la maldad, estando dispuestos mientras tanto a mostrar nuestro amor con bondad y ayuda aun a los peores y más degradados. Dios odia el pecado, pero ama al pecador y anhela su salvación, haciendo todo para llevarlo de vuelta al buen camino. En estos días de tolerancia, necesitamos velar para que a veces no seamos tolerantes con lo que debiéramos odiar.
Pero no debemos permitir que nuestro odio al mal interfiera con nuestro amor por los demás. Pablo nos urge a que seamos "devotos los unos a los otros con amor fraternal". Quizá muchas veces somos demasiado fríos en nuestro afecto, al menos en la manifestación de ese afecto. Hay algo maravillosamente bello en la manera en que Jesús amó a sus discípulos y amigos. Los amaba y les dejaba saber que los amaba. Les hablaba de su tierno interés por su vida, y mostraba también ese interés de muchas maneras dulces y amables. Mandó a sus amigos que se amaran unos a otros como Él los había amado. No solo debemos amar, sino ser tiernamente afectuosos.
Especialmente en los hogares suele faltar a menudo la manifestación del afecto. Los miembros de la familia se aman, pero sus palabras y acciones no lo demuestran. Somos demasiado mezquinos con nuestras palabras de amor. Debemos hacer más. Debemos mostrar nuestro amor prefiriéndonos unos a otros. Esto no es fácil. Nos gusta reclamar el primer lugar para nosotros mismos. No nos gusta pasar a segundo plano cuando hemos hecho algo bueno y bello, permitiendo calladamente que otro se lleve el mérito y el honor.
Es en el trabajo cristiano asociado donde esta lección tiene su aplicación especial. Mientras reclamemos honor y reconocimiento, no hemos aprendido esta parte del deber cristiano. Si lo supiéramos, hay un consuelo maravilloso en cuidar solo de la obra, sin importarnos la alabanza de los hombres por ella.
Otra cosa nada fácil que se nos pide hacer: "Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis". En verdad, ninguna de estas lecciones de vida es fácil. Posiblemente podemos aprender parte de la lección: no ser resentidos, no tratar de castigar a otros por el daño que nos hacen. Decimos que dejaremos el asunto y no pensaremos más en él. Pero esto no es toda la lección. No solo no debemos maldecir, sino que debemos bendecir a los que nos persiguen. No debemos devolver injuria por injuria, ni tampoco devolver nada; debemos pagar la deuda por completo, pero pagarla con amor en lugar de odio; en vez de perseguir a los que nos persiguen, debemos bendecirlos.
Luego, debemos "gozarnos con los que se gozan y llorar con los que lloran". De esta última parte del consejo oímos hablar con mucha frecuencia. Es bastante natural y no muy difícil llorar con los que lloran. Vamos a la casa del luto y sentimos mucha pena por nuestros amigos en su aflicción. Pero esta no es toda la lección. A veces estamos dispuestos a envidiar a los que son prósperos o que tienen grandes bendiciones o alegrías; la enseñanza aquí es que debemos gozarnos con ellos; debemos alegrarnos porque ellos están alegres y felices.
Los que tienen el Espíritu de Cristo deben "vivir en armonía unos con otros". Si dos personas han de vivir juntas felizmente, deben decidir que no pueden ambas salirse con la suya todo el tiempo. Una manera de llevarse bien es que una haga siempre exactamente lo que quiere, mientras la otra cede en todo, sin tener voluntad propia, sin reclamar derechos. Apenas puede llamarse a esto el modo cristiano. Hace de uno un tirano y del otro un esclavo. La manera de vivir juntos es que ambos tengan el mismo sentir, pensando cada uno en el bienestar del otro. Ser del mismo sentir implica que no hay riñas ni disensiones. Ambos se mueven juntos en amor desinteresado, buscando las cosas humildes.
"No seáis altivos, sino asociaos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión". La vanidad es algo miserable. Ruskin dice: "La vanidad puede hinchar a un hombre, pero nunca sostenerlo". Nadie admira la vanidad en otro. Todos piensan que es una disposición detestable. Debemos pensar en nosotros mismos tal como aparecemos ante los demás. Debemos saber muy bien que la vanidad nos hace muy poco amables a los ojos de los otros. La humildad es la gracia que adorna. Dios la ama y los hombres la aman.
El cristiano verdaderamente humilde "procurará hacer lo bueno delante de todos". Representamos a Dios en este mundo. Tenemos en nuestras manos los intereses de la causa de Dios. Esto hace muy seria la profesión de ser cristiano, pues la gente tiene derecho a mirarnos para ver cómo es Dios. Además, Dios tiene entonces derecho a mirarnos para la verdadera manifestación de su propio carácter y voluntad. Es muy importante, por tanto, que en cada disposición que mostremos, en toda nuestra conducta, en todos nuestros negocios, en todas nuestras relaciones sociales, en todos nuestros actos y palabras de influencia, mostremos lo que es semejante a Dios y bello. Debemos ser honrados además de honestos.
"Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos". En la mente de Dios, la paz es parte de una vida hermosa. No siempre es posible vivir en paz con la gente. Hay personas que reñirían hasta con un ángel. Son tan egoístas, tan malhumoradas, tan dominantes, tan irrazonables, que no pueden estar en paz con nadie. Puede que no sea posible, por tanto, aun para el mejor cristiano, moverse por el mundo sin que alguien lo odie o se oponga a él. Pero la lección es que nunca debe ser culpa nuestra si hay riñas. En cuanto a nosotros, debemos estar en paz con todos. Abraham conservó la paz con Lot dejando que Lot se saliera con la suya. Esta es una buena regla.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Christian Living
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.