Elías desafió a Acab a una prueba del poder de Baal. Exigió que se decidiera la cuestión de si Jehová o Baal era el verdadero Dios. Por eso, los profetas de Baal fueron convocados para encontrarse con Elías en el monte Carmelo. De un lado estaba Elías, solo, como profeta de Jehová; del otro lado, los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal. Todo el día, desde la mañana hasta la noche, los sacerdotes de Baal estuvieron junto a su altar, gritando, danzando y lacerándose la carne, según la costumbre de su culto pagano. Pero Baal no había respondido, y con humillación en sus corazones y maldiciones en sus labios, se apartaron derrotados. Ahora le toca a Elías. ¿Responderá Jehová con fuego y así probará que Él es el verdadero Dios?
Elías llamó al pueblo para que se acercara a él, a fin de que viera todo lo que hacía, pues en el culto al verdadero Dios no hay secretos. Entonces reparó el altar de Jehová, que estaba derribado. En otro tiempo el fuego había ardido sobre ese altar, pero había sido descuidado, porque el pueblo se había apartado para adorar becerros de oro en lugar del Dios vivo y verdadero.
Mientras tenemos ante nosotros este cuadro del altar arruinado, podemos pensar en otros altares que están derribados. Hay hogares donde antes se oía a diario la voz de la oración, donde la familia se postraba en adoración. Pero ya no asciende más la oración de la mañana ni de la noche. Hay quienes aprendieron de rodillas junto a la madre, y que durante la infancia y la juventud siguieron orando, pero que ya no se inclinan ante Dios. Por todas partes, a nuestro alrededor, están estos altares derribados. Lo primero que hizo el profeta aquel día en Carmelo fue reedificar el altar de Dios, que estaba en ruinas. El primer paso hacia la bendición, en los hogares y las vidas sin oración, es volver a levantar el antiguo altar de Dios.
Elías hizo entonces los preparativos para la gran prueba. Preparó el altar, acomodó la leña, cortó el buey en piezas y lo puso sobre la leña. Eso era todo lo que él podía hacer; el fuego tenía que bajar de Dios. El fuego común no bastaba; tenía que ser fuego del cielo. Lo mismo ocurre con nuestros sacrificios. "Presentad vuestros cuerpos en sacrificio vivo" a Dios: esa es nuestra parte. Dios nunca nos levantará sobre su altar; nosotros debemos ponernos allí con voluntad propia. Presentamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo cuando rendimos nuestra voluntad y nos entregamos a Dios con amor y alabanza, dispuestos a la obediencia y al servicio.
No podemos cambiar nuestro propio corazón. Elías no trajo fuego de algún horno u hogar humeante para encender la leña de su altar; preparó el sacrificio y luego esperó que Dios diera el fuego. Cuando todos los preparativos estuvieron listos, Elías oró para que Dios enviara el fuego. No recibimos nada espiritual del cielo sin oración. La falta de oración no recibe bendiciones. Un día sin oración es un día sin bendición, sin amparo y expuesto a todo desastre. Si buscamos la bendición y estamos dispuestos a rendir nuestras voluntades y afectos a Cristo, solo tenemos que clamar a Dios, y Él enviará el fuego divino para consumir el sacrificio que hemos puesto sobre su altar. Pero debemos orar siempre. "Pedid, y se os dará." La mera espera no basta; debe haber súplica además de consagración.
Conviene notar la forma de la oración de Elías: "Sea hoy conocido que tú eres Dios en Israel." El profeta no buscaba su propia gloria, sino la de Dios. No intentaba hacer un milagro para mostrar su poder, sino para mostrar al pueblo que Jehová era el verdadero y único Dios. Nunca debemos pensar en honrarnos a nosotros mismos al hacer la obra de Dios; nuestro propósito debe ser siempre honrar a Dios. Después de cualquier cosa que hayamos hecho para Dios, no debemos exultar en nuestra propia exaltación, sino dar gracias a Dios y honrarlo a Él.
Un rey, cuando su ejército había obtenido una gran victoria, se descubrió la cabeza en presencia de sus soldados y repitió reverentemente: "No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre sea la gloria." Nunca deberíamos preocuparnos por nuestra parte del honor, por la reputación o la gloria que vayamos a obtener por cualquier obra hecha, cualquier deber o cualquier sacrificio realizado; debemos procurar que el nombre de Dios sea honrado, y que se sepa que Él es en verdad Dios.
Todo el día, los profetas de Baal habían orado en vano junto al altar; pero en el momento en que Elías empezó a orar, "cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto." Un dios que no puede responder la oración no es el Dios para los hombres necesitados, tentados, perdidos y moribundos. Baal había quedado probado como un no-dios. No pudo dar ninguna respuesta en aquella gran crisis. Pero en cuanto Elías oró, el fuego cayó.
La prueba del monte Carmelo se repite cada día en miles de lugares de la tierra. Nuestro Dios es el que oye la oración. Corazones agobiados claman a Él, y Él responde a sus peticiones. Las bendiciones caen sobre vidas necesitadas y sufrientes en respuesta a súplicas fervientes y llenas de fe. El fuego del Señor cae siempre. Cayó el día de Pentecostés sobre los discípulos que oraban. Ha caído desde entonces sobre millones de altares del corazón, consumiendo lo terrenal y el pecado, y dejando las llamas encendidas del amor, la devoción y el santo servicio.
El efecto sobre el pueblo fue tremendo. Cuando lo vieron, "se postraron sobre sus rostros, y dijeron: ¡Jehová es Dios!" Jehová había sido abandonado y su culto despreciado. El pecado de Jeroboam había madurado así hasta dar su fruto terrible y completo. Baal era ahora aceptado como el dios de la nación. Los profetas de Jehová habían sido perseguidos hasta la muerte. Tan completamente había la idolatría desterrado el verdadero culto, destruyendo o llevando a escondites a los seguidores del Dios verdadero, que Elías pensaba que él era el único que quedaba en toda la tierra leal a Jehová. Entonces llegó esta prueba. Fue una ocasión magnífica: un solo hombre frente al rey, los profetas, los sacerdotes y el pueblo; pero un hombre con Dios es más que suficiente para todo el mundo que se opone a Dios.
Esta prueba sigue en marcha. Los adoradores de Baal aún son prominentes en el mundo, aunque ahora se les conozca por otros nombres. ¿Cuáles son las evidencias del cristianismo? ¿Qué demostración de poder hemos tenido alguna vez que muestre que el cristianismo es divino? Podemos señalar toda la historia de la Iglesia para responder a esta pregunta. Dondequiera que el evangelio ha ido a lo largo de los siglos, el poder divino lo ha acompañado. Un breve estudio de la historia y un breve examen del mapa del mundo mostrarán miles de Carmelos. La idolatría y las religiones falsas han hecho lo mejor que han podido, pero nada han sacado de sus experimentos: ninguna mejora moral, ningún levantamiento del pueblo, ninguna dulzura y purificación de los hogares, ningún hospital ni asilo construido, ninguna vida restaurada, ningún alma salvada.
Entonces el cristianismo entró con su sencilla historia de amor divino, con su fuego del cielo, con el poder del Espíritu Santo; y dondequiera que ha ido, todo ha cambiado. Los hombres se han vuelto de sus pecados a Dios. Los corazones malos han sido hechos santos. La crueldad ha dado lugar a la mansedumbre. Se han levantado hogares felices. La sociedad ha sido transformada. Al ver estos maravillosos resultados de la vida cristiana, los días de Carmelo una vez más, podemos decir con gozo y triunfo: "¡Jehová es Dios!"
La victoria fue completa. El fuego consumió el holocausto, aun las piedras y el polvo, y lamió el agua que llenaba la zanja. Los profetas de Baal habían sido derrotados y debían morir. Habían sido probados culpables de alta traición, como representantes de la idolatría. Los acontecimientos se sucedieron con rapidez. Elías anunció a Acab la llegada de la lluvia. El profeta subió luego a la cumbre del monte Carmelo, y lo vemos a continuación en actitud de oración, orando por la lluvia. Aunque Dios había prometido la lluvia, sin embargo era necesario que Elías orara por ella. "Pedid, y se os dará."
La oración de Elías nos sugiere también la importancia de la expectación. Cuando pedimos cosas que Dios ha prometido, debemos esperar una respuesta. El profeta envió a su siervo a vigilar las nubes. El cuadro es muy hermoso. La respuesta no vino de inmediato, pero el profeta siguió suplicando a Dios. Una y otra y otra vez el siervo subía y miraba, pero no había nada que ver, ni una nube en el cielo. Por último, apareció una pequeña nube del tamaño de la mano de un hombre. La respuesta venía. El profeta dejó de orar y emprendió su camino a Jezreel.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Elijah on Mount Carmel
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.