En medio del estallido de alegría por el regreso del pródigo se oyó una voz quejumbrosa; entre los rostros gozosos se vio una frente sombría; y esa voz y esa frente eran las de un hermano. Pero el padre mostró tanta paciencia con su envidioso hijo mayor como compasión había manifestado con su pródigo hijo menor. Salió y rogó a aquel hermano insensible que se uniera a la fiesta. Estas súplicas sacaron a la luz el orgullo que reinaba en el corazón de su hijo. El orgullo es la raíz de toda una legión de pecados, especialmente de la envidia, la ira y el descontento; todas estas pasiones malignas dieron su color a las respuestas del hijo mayor. ¡Qué descripción hace de su propia conducta irreprochable! Reprocha a su padre sus servicios, como si hubiera puesto a su propio padre bajo obligación: «¡He aquí, tantos años te sirvo!». Declara que esos servicios eran perfectos, además de perseverantes: «Nunca he transgredido tus mandamientos».
Mientras así se jacta de su propia bondad, presenta la conducta de su hermano bajo la peor luz posible. El padre podría haber apartado con ira a su hijo mezquino, pero se dignó razonar con el orgulloso objetor. En pocas palabras describe los ricos privilegios de su primogénito: «Hijo, tú siempre estás conmigo». Sin duda la presencia continua de tal padre era en sí misma felicidad. Pero, conociendo el corazón codicioso de su hijo, el padre añadió: «Todo lo que tengo es tuyo». No hacía falta argumento alguno para probar que un hijo perdido debía ser recibido con alegría. Al padre le bastó decir: «Era necesario que nos alegráramos y nos regocijáramos».
¿Podían los fariseos evitar percibir en el hermano envidioso su propio retrato? Ahora que el Salvador recibía a publicanos arrepentidos y que los ángeles se regocijaban por ellos en el cielo, los fariseos se jactaban de su propia bondad y reprochaban al Señor su parcialidad. Se imaginaban que habían servido a Dios toda su vida y que nunca habían transgredido su mandamiento. El Señor no les mostró (como podría haber hecho) cuán falsa era esa idea, sino que demostró que, aun siendo tan buenos como suponían, el espíritu que manifestaban hacia los pecadores arrepentidos era ingrato y mezquino. Si los fariseos hubieran sido verdaderamente santos, se habrían regocijado con los ángeles por los penitentes perdonados. Los verdaderos creyentes recuerdan la época en que fueron recibidos en el favor de su Padre, y se alegran con cada vagabundo que vuelve como ellos volvieron. No hay un solo hijo en la casa de nuestro Padre celestial que no haya tenido su fiesta; excepto los ángeles, que han estado siempre con Él y nunca han transgredido sus mandamientos. Sin embargo, hay algunos hijos de Dios santificados desde tan temprana edad que no pueden recordar los primeros sentimientos de penitencia; no han experimentado la amargura de un estado no convertido y no pueden decir por contraste cuán grande es su felicidad presente. Estos han disfrutado la mejor porción, al haber estado siempre con su Padre. Aun ellos, sin embargo, aun aquellos santificados en la infancia y consagrados a Dios hasta la vejez, se han desviado por senderos prohibidos y han cometido innumerables transgresiones. Han experimentado el amor perdonador de Dios al volver de sus desviaciones. Pueden decir con David: «Él restaura mi alma; me guía por sendas de justicia por amor de su nombre».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. The envy of the prodigal's brother
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.