En primer lugar, pues, el fervor supone la elección de un solo objeto de especial dedicación y una percepción viva de su valor y de su importancia. Resulta casi imposible que la mente se ocupe con intensidad, o que el corazón se comprometa muy profundamente, en una multiplicidad de objetos a la vez. No tenemos energía suficiente para dividirnos y repartirnos así. Para que nuestros sentimientos corran con fuerza, han de fluir más o menos por un solo cauce; nuestra atención ha de concentrarse, nuestro propósito ha de afirmarse, nuestra energía ha de ejercerse, sobre una sola cosa, o no lograremos nada eficaz. El hombre fervoroso es un hombre de una sola idea, y esa sola idea ocupa, posee y llena su alma. A cualquier otro demandante de su tiempo, su interés y su trabajo, responde: «¡Apártate! Estoy ocupado, no puedo atenderte; algo más me espera.» A esa una cosa está entregado.
Puede haber muchas cuestiones subordinadas entre las que reparte el sobrante de su caudal, pero la corriente fluye por un solo canal y mueve una sola gran rueda. Este «una cosa hago» es su plan y su resolución. Muchos se asombran de su elección, muchos la condenan; no importa: él la entiende, la aprueba y la persigue, pese a la ignorancia que no puede comprenderla y a la diversidad de gustos que no puede admirarla. No es un hombre de ánimo doble, inconstante en todos sus caminos, cuya preferencia y propósito se tambalean con cada viento contrario de opinión. Poco le importa lo que otros hagan, o lo que digan de lo que él hace: debe hacer aquello, dejando todo lo demás sin hacer. Nadie puede ser fervoroso sin haber decidido así su mente; y quien lo ha hecho, y está resueltamente volcado hacia un objeto, lo mantiene constantemente ante su pensamiento. Su atención está tan fuerte y tenazmente fija en él que, aun a la mayor distancia, «como las pirámides de Egipto para los viajeros, se le aparece con una nitidez luminosa, como si estuviera cerca, y endulza la fatigosa largura del trabajo y la empresa con que debe alcanzarlo.» Está tan patente ante él que no se desvía un solo paso de la dirección correcta; siempre oye una voz que lo llama adelante, y cada movimiento y cada día lo acercan al final de su viaje. Interrúmpalo en cualquier momento: usted sabe dónde lo encontrará y en qué estará ocupado.
Esta es la primera parte de la descripción de un ministro fervoroso: él también ha elegido su objeto, ha decidido su mente al respecto y, aislándolo de todos los demás, lo presenta con claridad y distinción ante su pensamiento.
El fervor supone que el asunto no solo ha sido elegido, sino que ha tomado plena posesión de la mente y ha encendido hacia él un intenso deseo del corazón. Es algo más que una teoría correcta y deducciones lógicas; más que el mero ejercicio del intelecto y el juego de la imaginación. El fervor significa que el entendimiento, habiendo elegido y valorado su objeto, ha compelido a todas las facultades de la mente y del cuerpo a sumarse a su persecución. Impulsa al alma adelante en su carrera de acción con tal velocidad que se enciende por el ímpetu de su propio movimiento. El objeto del hombre fervoroso nunca está ausente de sus pensamientos por mucho tiempo. Medita en él de día y sueña con él de noche; lo encuentra en sus paseos solitarios como una visión luminosa que ama contemplar, y se le impone en compañía con tal fuerza que no puede evitar convertirlo en tema de su conversación, hasta aparecer, a los ojos de quienes no simpatizan con él, como un entusiasta.
Su ministerio se emprende con la obligación de un principio y el ardor de una pasión. Está impreso en todo su carácter y es inseparable de su conducta.
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: What is meant by an earnest ministry?
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.