Cuando el Señor llegó al pie del monte, contempló una escena de pecado, dolor y sufrimiento. Allí estaban los escribas despectivos, los discípulos débiles y vacilantes, el pobre endemoniado y el padre afligido, rodeados por la multitud admirada. ¡Cuán distinta era esta escena de la que los tres apóstoles acababan de presenciar en la cima del monte! Allí todo era luz y amor, dicha perfecta y gozo inefable. Los ángeles contemplan el mismo contraste doloroso, pues mientras miran la gloria de Dios, velan también sobre las penas de los hombres.
Parece que nuestro Señor debió conservar un destello de resplandor en su rostro, pues se dice que la gente quedó grandemente asombrada al verle, y difícil es conjeturar otra causa para su asombro. En aquel momento podía verse en un mismo lugar el efecto de la influencia celestial y del poder infernal. El Hijo de Dios resplandecía aún con algunos rayos persistentes de la gloria del Padre, mientras el joven afligido era reducido por Satanás a la condición más degradada. ¡Cuán conmovedora era la vista! Un ser humano, hecho a imagen de Dios, yacía en tierra revolcándose y echando espuma. Cada uno de nosotros se halla ahora entre dos estados opuestos. ¿Ascenderemos a un mundo más hermoso, donde Cristo y sus santos glorificados gozan de dicha inefable? ¿O nos hundiremos en aquel lugar donde los esclavos de Satanás sufren toda clase de degradación y miseria? Ahora es el tiempo de acudir a Jesús, como lo hizo el padre angustiado, para obtener liberación de nuestro gran enemigo. El mismo poder que libró a este joven de la cadena de Satanás puede librar a cualquier otro cautivo.
El caso era muy inveterado, de larga data y gran malignidad; por eso era el más apto para mostrar el poder todopoderoso de Jesús. A Él le gusta salvar donde resulta más evidente que ninguna otra mano sino la suya puede ofrecer ayuda. Las oraciones del padre mostraban una fe débil, aunque verdadera: Si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos. Un amo severo habría rechazado una oración como esa. Pero Jesús cuida el renuevo más tierno de la fe viva. Respondió: Si puedes creer, todo es posible al que cree. El pobre hombre, alentado por esta seguridad, elevó una oración aún más ferviente que antes. Clamó con lágrimas: ¡Señor, creo; ayuda mi incredulidad! ¿No dictó el Espíritu Santo esta oración? No sabemos qué pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Rom. 8:26). ¿Ha estado alguna vez nuestro corazón tan lleno de buenos deseos que solo pudimos pronunciar unas palabras? ¿Y estaban estas palabras medio ahogadas por lágrimas y sollozos? Dios ha escuchado esas oraciones. Jamás desprecia el corazón quebrantado y contrito. Atendió la oración de este pobre hombre.
Satanás mostró su malicia contra el joven que estaba a punto de ser librado de su poder. El espíritu maligno desgarró al joven con violencia antes de salir de él, y lo dejó como muerto. Muchos han comprobado que Satanás los persigue con las tentaciones más dolorosas justo cuando escapan de su esclavitud. La ternura de Jesús es tan notable como la malicia de Satanás. El Señor tomó al pobre joven de la mano y lo levantó. Fue la fe del padre la que obtuvo la restauración del hijo. He aquí un aliento para los padres. Si Jesús mostró tanta compasión a quien oraba por una curación corporal de su hijo, ¡cuánto más ha de sentir por los que imploran bendiciones espirituales para sus hijos!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The afflicted father
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.