La vida de Cristo para cada día

El profeta despreciado que anunciaba al Mesías

Los discípulos preguntaron por la profecía de Elías, y Jesús reveló que Juan el Bautista era su cumplimiento. Como entonces, el mundo venera a los santos muertos y desprecia a los vivos que más se les parecen.

Al descender los discípulos del monte de la transfiguración, se atrevieron a entablar conversación con su Señor. Conocían tan bien la condescendencia de su Maestro que le plantearon una pregunta difícil sobre un asunto que los perplejaba: ¿Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?, es decir, antes del Mesías. Sus pensamientos se detenían de manera natural en la escena maravillosa que acababan de contemplar. Habían visto al profeta Elías. Recordaban haber oído a sus escribas, o maestros, declarar que Dios enviaría a Elías antes de su día grande y terrible. Tampoco se habían equivocado los escribas en esa declaración, pues se halla en el último capítulo del Antiguo Testamento, en Malaquías 4. Con todo, la aparición de Elías en el monte no fue el cumplimiento real de aquella profecía. Nuestro Señor mismo explicó este difícil asunto y declaró que Juan el Bautista había sido profetizado bajo el nombre de Elías. Es evidente que esta explicación sorprendió a los discípulos. Acaso nunca habían oído que el ángel anunciara a Zacarías, padre de Juan el Bautista, que su hijo esperado vendría en el espíritu y poder de Elías. Había gran semejanza entre estos dos profetas; sus caracteres, oficios, hábitos y aflicciones eran similares. Pero en un punto la diferencia entre ellos era notable: la manera de salir de este mundo. Elías ascendió como un conquistador en un carro de fuego; Juan fue ejecutado como un criminal en una prisión. En ese único punto en que Juan el Bautista se diferenciaba de Elías, gozaba del honor mucho mayor de parecerse a su divino Señor.

El Salvador, tras aludir al trato que Juan había recibido, añadió: De la misma manera también el Hijo del hombre ha de padecer de ellos. Los discípulos, en verdad, no querían creer que su Maestro hubiera de sufrir. Aunque Juan, hombre mortal, pudiera caer víctima de la malicia de sus enemigos, les parecía imposible que el Hijo de Dios terminara así su gloriosa carrera. Pero los judíos perseguían siempre a los profetas vivos. Veneraban a los que ya no estaban en la tierra, pero odiaban a los que vivían en su propio tiempo. El nombre de Elías era muy estimado; pero el del Bautista, despreciado. Los judíos no imaginaban que el predicador del desierto, vestido con ropas ásperas y seguido por los pobres del pueblo, fuera el representante del ilustre y glorificado Elías. Jesús dijo con verdad de Juan el Bautista: No le conocieron. Así sucede también hoy. El mundo no conoce a los siervos de Dios. Habla con reverencia de algunos varones santos ya difuntos, como los apóstoles, los mártires, los reformadores; mientras trata con desprecio a muchos de los vivos que más se parecen a aquellos santos.

¿Cómo fueron considerados los apóstoles en su propio tiempo? Uno de ellos declara que eran tenidos como la inmundicia de la tierra y como el lavatorio de todas las cosas (1 Cor. 4:13). ¿Y cómo fueron estimados los mártires en sus días? Cuando aquel intrépido sufriente, Bennet, ardía en la hoguera cerca de Exeter, en el reinado de nuestro Enrique octavo, los hombres y mujeres que estaban alrededor corrían con la presteza de demonios a recoger un palo o un manojo de brezo, para que cada uno tuviera parte en la muerte de quien estimaban un vil hereje. En verdad, no le conocieron.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ converses with his disciples respecting Elijah

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura