Horas devocionales con la Biblia — volumen 8

El sacerdocio eterno de Cristo nos acerca al Padre

Cristo es nuestro Sacerdote eterno, perfecto y compasivo, que ofreció su propia sangre una sola vez y vive intercediendo para acercarnos a Dios y transformar nuestra vida.

La Epístola a los Hebreos fue escrita a quienes sentían que, al abandonar el judaísmo por el cristianismo, habían perdido mucho de lo que les era querido. El escritor les mostró que, si bien la forma exterior había desaparecido, el cristianismo les había dado en su lugar realidades incalculablemente mejores y más gloriosas que aquello de lo que se habían desprendido. En este pasaje se muestra a los hebreos cristianos que, en lugar del sacerdocio humano, tenían ahora como sacerdote a Jesucristo, el Hijo eterno de Dios.

En otras partes de esta epístola encontramos otras palabras acerca de Jesús como Sumo Sacerdote. El sacerdote judío era escogido por Dios, no se nombraba a sí mismo. Cristo no se glorificó a sí mismo para ser hecho sumo sacerdote, sino que fue llamado por Dios para este santo honor. Además, el sacerdote humano debía ser un hombre de compasivos sentimientos, paciente y indulgente, capaz de soportar con ternura al ignorante y al que yerra. Cristo era ilimitado en su capacidad de compasión. Conoce la vida humana, no solo por su conocimiento divino, sino porque, como hombre, fue probado durante toda su vida. Fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado, sin ceder, siempre victorioso. Ofreció oraciones con fuerte clamor y lágrimas. Aunque era el Hijo de Dios, aprendió, sin embargo, la obediencia por las cosas que sufrió.

Así fue glorificado para ser nuestro Sacerdote. Un sacerdote es alguien que se interpone entre nosotros y Dios. El sacerdote judío era solo un tipo de lo divino. Ningún hombre puede verdaderamente ir a Dios por nosotros ni venir a nosotros de parte de Dios. Un antiguo filósofo, de carácter peculiar, recibió la visita de Alejandro Magno. El emperador se detuvo en la puerta de la choza en la que vivía Diógenes y le preguntó si había algo que Alejandro el rey pudiera hacer por él. El filósofo respondió: «Sí, hay una cosa: puedes dejar de taparme la luz». Una cosa que nuestros amigos pueden hacer por nosotros es no interponerse entre nosotros y el Sol, entre nosotros y Dios.

No necesitamos a ningún hombre como sacerdote. En verdad, nadie puede revelarnos a Dios, a menos que tenga la mente de Cristo y se convierta así en un intérprete de la naturaleza divina y del amor y la gracia divinos. Sin embargo, todos necesitan realmente un sacerdote, pues en nuestra condición pecadora no podemos acercarnos a Dios, ni Dios puede venir a nosotros, excepto por medio de un mediador. Cristo vino para acercar a Dios a nosotros, a una relación íntima y personal. Él era Dios mismo, revelando en una vida humana la gracia y la hermosura, el amor y la misericordia de Dios. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», dijo. De ninguna otra manera podemos ver ni conocer a Dios, sino en Jesucristo. Entonces, de ninguna otra manera podemos venir a Dios. Jesús dijo: «Yo soy el camino... nadie viene al Padre, sino por mí». En Cristo podemos acercarnos a Dios más que a cualquier amigo. Ningún sacerdote judío fue jamás para su pueblo lo que Cristo es para todos sus amigos como su Sumo Sacerdote. Los sacerdotes humanos, los más santos y mejores, estaban llenos de faltas y pecados, y solo podían ser reveladores muy imperfectos de Dios a los hombres. Pero Cristo es perfecto, santo, sin falta ni mancha.

En el pasaje que tenemos ante nosotros encontramos otros puntos de superioridad en el sacerdocio de Cristo.

1. Él fue un Sumo Sacerdote de los bienes venideros. La antigua dispensación fue solo el albo tenue del glorioso día de la nueva. Las bendiciones del evangelio son infinitamente mayores que las bendiciones del judaísmo. De estos bienes Cristo fue el Sumo Sacerdote. Vino para traérnoslos.

2. Cristo ministró como Sacerdote en un tabernáculo más grande y glorioso. Fue solo una tienda, primero, y después un templo, en lo que ministraban los sacerdotes judíos: un tabernáculo hecho con manos, terrenal y temporal. Pero Cristo entró en el verdadero Lugar Santo, es decir, en el cielo mismo. El sacerdote judío estaba en una pequeña sala interior, intercedendo ante un propiciatorio de oro; ¡Cristo está en medio de la gloria divina, en la presencia inmediata de Dios mismo!

3. El sacerdote judío llevaba la sangre de machos cabríos y becerros cuando se presentaba ante Dios. Estas ofrendas tenían su utilidad. Eban figuras de la ofrenda que Jesús habría de presentar después. Pero en sí mismas no tenían eficacia. «Porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados». Pero Cristo entró por su propia sangre en el Lugar Santo. Esta ofrenda tuvo eficacia infinita porque era la sangre del Hijo de Dios. Esto se hace muy claro en las palabras que estamos estudiando. «La sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la vaca rociadas sobre los que están ceremonialmente impuros los santifican para que sean purificados por fuera. ¡Cuánto más, entonces, la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará nuestras conciencias de las obras que conducen a la muerte, para que sirvamos al Dios vivo!».

La sangre de los animales no tenía poder para purificar una vida, pero la sangre de Cristo puede limpiar la conciencia más mancillada. Es decir, la redención de Cristo purifica la vida, la cambia, la transforma, la hace santa. No debemos pensar que todo lo que Cristo hace por nosotros es librarnos de la pena del pecado, poniéndonos libres de condenación. Esto no sería salvación mientras la vida continuara pecando. Él nos salva de nuestros pecados en el sentido verdadero y pleno, poniendo su Espíritu en nuestros corazones como un nuevo principio de motivación, para desplazar y reemplazar el viejo corazón malo. Así somos salvados del amor al pecado.

4. El sacerdote judío hacía intercesión por el pueblo en el lugar santísimo. Pero él mismo era pecador y tenía primero que hacer intercesión por sí mismo. Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, también hace intercesión. Hizo su ofrenda en la cruz, y luego entró en el cielo y está ante Dios, haciendo continua intercesión por nosotros.

No podemos comprender todo lo que significa esta intercesión. Sabemos que Cristo lleva los intereses de todo su pueblo en su corazón y en sus manos. No se olvida de ninguno de nosotros, ni nunca ignora nuestra necesidad o nuestro peligro. Hace nuestros intereses suyos, y habla a su Padre por nosotros. Toda autoridad es suya, en el cielo y en la tierra, y nunca debemos temer que algo pueda salirnos mal, mientras él piensa en nosotros y nos cuida.

De algún modo misterioso, presenta su propia sangre ante el rostro de Dios como un ruego por nosotros. Somos pecadores, pero él murió por nosotros. En un pasaje se le llama nuestro Abogado, que comparece ante Dios para atender nuestro caso, como un abogado terrenal confiable representa a su cliente ante un tribunal de justicia.

5. La superioridad del sacerdocio de Cristo se muestra además en el hecho de que su ofrenda de sí mismo, hecha una sola vez, fue suficiente. Los sumos sacerdotes judíos hacían expiación cada año, entrando en el lugar santísimo con sangre. Pero Cristo hizo un solo sacrificio, y este bastó para la redención eterna de todos los que creen en él. «Ni entró en el cielo para ofrecerse a sí mismo una y otra vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre que no es suya. Entonces Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Pero ahora se ha aparecido una vez para siempre al fin de los siglos para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo». Debemos notar que por la sangre de Cristo se entiende la entrega de su vida en sacrificio de amor. «La sangre es la vida». Cristo derramó su vida, dando todo, dándose a sí mismo, para redimirnos.

6. La obra de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote continuará hasta que todos los redimidos sean llevados a la gloria. «Así Cristo fue sacrificado una vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, no para llevar pecado, sino para traer salvación a los que le esperan». El significado de esto es que la obra de Cristo por su pueblo se está realizando ahora en el cielo, y continuará hasta que él venga de nuevo, no entonces como Salvador llevando el pecado de su pueblo, sino trayendo plena salvación y gloria eterna.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Priesthood of Christ

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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