Vayamos ahora al capítulo 51:12, donde Dios aparece a la vez como el que promete y el que cumple: «Yo, yo mismo, soy el que os consuela; ¿quién eres tú para que temas a un hombre que morirá, y al hijo del hombre que será hecho como la hierba?». Esta es la confirmación del Señor a las palabras del profeta en el versículo tres acerca de él: «Porque el Señor consolará a Sion; consolará todos sus asolamientos, y hará su desierto como el Edén, y su soledad como el huerto del Señor; hallarán en ella gozo y alegría, alabanza y voz de melodía». Dios nunca está falto de recursos para ayudar y consolar a su pueblo débil y cansado, probado y tentado, oprimido y sufriente. Aquí los asegura cuando están a punto de perecer y temen la destrucción. Es notable advertir cómo las promesas de consuelo de Dios están siempre asociadas con su redención, salvación y liberación del mal. Sus consuelos abundan en ayuda en la necesidad, socorro en la estrechez, defensa en el peligro, liberación de la angustia, y muchísimo más; con todo esto abre su corazón de amor y les revela su cuidado e interés incansables por ellos. Todo esto lo hace él mismo, no por delegado ni por la asistencia de sacerdotes, profetas o pastores, sino por su preciosísimo Evangelio y el poder de su Bendito Espíritu. Nótese bien la manera en que excluye a todos los demás en esta obra de gracia: «Yo, yo mismo, soy el que os consuela».
Luego nótese el gracioso descubrimiento que él hace de sí mismo en el capítulo 57:15-18: El Alto y Sublime que habita la eternidad, el Santo, dice esto: «Yo habito en ese lugar alto y santo con aquellos cuyo espíritu es contrito y humilde. Refresco a los humildes y doy nuevo ánimo a los de corazón arrepentido. Porque no contenderé para siempre, ni siempre mostraré mi enojo. Si lo hiciera, todas las personas perecerían —todas las almas que he hecho. Estuve enojado y castigué a este pueblo avaro. Me aparté de ellos, pero ellos siguieron pecando. He visto sus caminos, pero ¡los sanaré de todos modos! Los guiaré y consolaré a los que hacen duelo».
¡He visto sus caminos! Caminos de pecado, caminos de enemistad, caminos de necedad, caminos de rebelión, caminos de vergüenza. Aquí bien podríamos esperar oír airada denuncioación y justa condenación; pero, no. «Como el padre se compadece de sus hijos, así el Señor se compadece de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; él se acuerda de que somos polvo» (Sal. 103:13,14).
Ahora quisiera dirigir de nuevo vuestra atención a aquella preciosa Escritura del capítulo 66:13: «Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo; y en Jerusalén seréis consolados». Hay algo exquisitamente fino en este cuadro verbal inspirado. En él tenemos una deliciosa vista del aspecto maternal de la Deidad. Si se me permite la expresión, el corazón maternal de Dios. La belleza del cuadro es estropeada por hombres eruditos, que en su corta vista intentan mejorar lo que es perfecto. Las palabras, según brotan de la pluma de Isaías, dicen así: «Como un hombre a quien consuela su madre, así os consolaré yo». Puede parecer inapropiado hacer de un hombre ya crecido el objeto de solicitud material y consuelo; pero no lo es. No importa cuán viejo sea un hombre, es el objeto de la solicitud de su madre y el sujeto de sus consolaciones mientras la vida dure o la conciencia persista. Un padre puede amar, pero nunca puede penetrar en las profundidades del afecto que siempre perdura en el corazón de una madre. Y en todo esto tenemos un leve reflejo de la bondad amorosa, la tierna misericordia y el interés del pacto de Dios hacia sus eternamente amados hijos.
Su inmutable interés y cuidado están hermosamente ilustrados en su amor hacia Efraín, expresado por él mismo en Jer. 31:20, después de las viles extravíos de Efraín y de su rebeldía contra el Dios y Padre que lo amó tan bien. Nótese —la palabra de Dios en este versículo veinte no es a modo de pregunta, sino de afirmación. Es la confiada declaración de Dios, es su concluyente aserción, es su solemne aseveración, es más, pues cuando «no podía jurar por nadie mayor, juró por sí mismo», y aquí tenemos su palabra bajo juramento: «¿No es Efraín mi querido hijo, el niño en quien me deleito? Aunque a menudo hablo contra él, todavía me acuerdo de él. Por eso mi corazón se entristece por él; tengo gran compasión de él». Todos los hijos de Dios son queridos para él, agradables a sus ojos, el deleite de su corazón. Los atrae a él con los cordones del amor, y los bendice con las dulzuras de la comunión divina, los besa con los besos de su boca, los mece sobre sus rodillas de afecto eterno, los estrecha contra su seno de amor sempiterno, y tiene lista toda bendición del pacto para cualquier estado o condición en que se hallen.
¡Con qué dulzura y ternura está todo esto retratado en el relato del hijo pródigo en Lucas 15:20,24! Todas las actividades de gracia están por parte del Padre. El hijo aún está lejos, pero el Padre lo ve. Él merece la más justa indignación, pero siente la compasión del Padre. Él se arrastra, el Padre corre. El Padre se echa sobre el cuello de un hijo que bien podría temer su ceño. El hijo se deleita en un beso donde merece una maldición. ¡Qué consuelo! ¡Qué precioso! ver en todo esto más que el amor y el cuidado de un padre terrenal. Dios, en la expresión de su interés por sus amados hijos, condesciende al nivel del tierno corazón de una pobre y débil madre. Todos los tesoros de la gracia los pone bajo contribución para el consuelo y la consolación de un hijo rebelde, errante y restaurado.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Bradbury
Título original: Comfort My People — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Bradbury, publicado originalmente en Grace Gems.