No habrá noche en el cielo

En el cielo veremos el rostro de Dios

En el cielo se rasgará el velo del santísimo y veremos el rostro de Dios, comprenderemos la providencia y nos conoceremos a nosotros mismos como somos conocidos.

En este sentido, pues, no habrá allí noche. El cambio que experimentaremos en este respecto, hermanos míos, será mucho más bienaventurado y sorprendente que aquel del que acabo de hablar: el revestimiento por este cuerpo corruptible y mortal de la incorrupción y la inmortalidad. Pues a medida que os eleváis a las regiones superiores de la naturaleza del hombre, halláis que la malicia del pecado es más mortífera y ruin.

Parecemos, en verdad, saber mucho y ver de lejos aun en este pobre mundo. La mirada del hombre es penetrante y de largo alcance. Con sutil agudeza descubrimos los secretos más celados del universo, y manejamos líneas de pensamiento que apenas pueden medir los números, y que solo el entendimiento más fuerte puede soportar. Nos sumergimos lejos en lo invisible y hablamos con certeza, como si hubiéramos palpado y sentido y conocido, de cosas de grandísima anchura, profundidad y altura. Y, sin embargo, vemos solo como a través de un espejo, oscuramente; andamos como a la luz de las estrellas. La verdad que vemos, la contemplamos confusamente y con gran fatiga de los ojos del entendimiento. Vemos solo algunos de los picos más prominentes de la verdad distante, pero no toda la región en su agrupación grandiosa y en sus gloriosos tonos nativos.

¡Y cuán tremendos misterios quedan aún, qué inmensas regiones envueltas en perpetua nube! ¡De Dios, cuán poco sabemos! Vemos sus pisadas de cuando en cuando, y observamos la sombra de su mano, ¡pero en el Cielo veremos su rostro!

De la Providencia, ¡cuán poco sabemos! Miramos las cosas como un camino en el mar, y somos confundidos por senderos tan superiores a los nuestros que no podemos verlos ni sabios ni buenos. Así como un niño pequeño y necio no puede comprender el método sabio y amable de su padre, así nosotros malentendemos y juzgamos mal a nuestro Padre que está en el Cielo.

Pero allí el plan se desplegará. Miraremos el mapa de nuestros rodeos por el desierto y veremos cuán bendito el sendero por el que la columna de fuego y de nube nos ha conducido. Veremos algunos de los largos eslabones que unen cosas separadas, cuyo solo movimiento podíamos observar, y que nos era inescrutable computar. Comprenderemos algunas de las balanzas de Dios, el mismo madero y fiel, de cuya única balanza solo podemos escrutar en esta vida. Veremos la grandiosa anchura y longitud de aquellos propósitos cuyo tardío cumplimiento sacude tan a menudo los cimientos mismos de nuestra fe. El espejo oscurecido será quitado, y las cosas se nos manifestarán, sin deslumbrarnos, en su gloria propia.

De nosotros mismos, ¡cuán poco sabemos! ¡Qué enigma es para nosotros nuestra propia libertad! ¡Qué confuso es el relato que podemos dar de nuestra historia pasada, de nuestra condición presente, de nuestra constitución y dote interiores! ¡Cómo tiemblan en nuestras manos las balanzas del bien y del mal! ¡Cuán densa de bruma, aun para la fe más fuerte, está esa perspectiva del futuro que no podemos sino columbrar!

Pero allí conoceremos como somos conocidos. Sabremos qué somos y por qué somos. Sabremos cómo nos relacionamos con Dios, con nosotros mismos, con el universo infinito. Conoceremos nuestros poderes y nuestras limitaciones. Conoceremos nuestro deber presente y nuestro destino futuro.

No es que en el Cielo ya no haya entonces misterios ni secretos. Lo finito nunca podrá medir, escrutar ni abarcar plenamente al Infinito. Pero ya no serán lo que son ahora: cosas desconcertantes, tentadoras, provocadoras, humillantes. Nos postraremos ante ellos como nunca destinados a nosotros; nuestra ignorancia de ellos será conocida como bienaventuranza; no querremos escalar el monte de Dios ni escrutar profanamente donde deberíamos arrodillarnos con reverencia. Acaso deseemos saber menos cosas que ahora, y eso será una ganancia.

Fuente y atribución

Autor original: George Conder

Título original: No Night in Heaven — parte 7

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de George Conder, publicado originalmente en Grace Gems.

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