¿Dónde estaba David ahora? En el desierto de Zif, en un bosque. Sin un solo seguidor ni compañero, este favorito de la nación era un vagabundo sin hogar, cazado como la perdiz en los montes por el rey sediento de sangre. Mas ¡oh, la profunda enseñanza de la que sería alumno! La vanidad de la gloria terrenal, el vacío del aplauso humano, la pobreza de la criatura y la traición del propio corazón, en una palabra, la naturaleza insípida y la insuficiencia absoluta de todo bien terrenal, serían lecciones santas y costosas que ahora aprendería. Y no solo esto: arrojado de los hombres, quedaría más exclusiva y enteramente encerrado con Dios. En su feliz experiencia, aquel desierto sería como un mundo habitado y aquel bosque como un paraíso floreciente. Desde lo profundo de su silencio y soledad subiría la voz de la oración y la melodía de la alabanza. El desierto de Zif sería otro Patmos, todo radiante con la presencia gloriosa y preciosa de aquel que puso su diestra sobre el evangelista desterrado y dijo: No temas, yo soy el que vivo.
¿No vemos aquí un reflejo de Jesús? Sí, mucho. Y no es extraño, pues David fue preeminentemente un tipo personal de Cristo. Hubo momentos en la breve y humillante historia del Señor en la tierra en que pareció cabalgar, por un tiempo, la cresta del favor popular; tras algún prodigio asombroso de su poder, o alguna efusión espléndida de su bondad, se convertía en envidia y terror del Sanedrín. Celosos de su fama creciente, buscarían empañarla con la detracción y detenerla con su muerte. Escapando de su furia, se retiraba a las fortalezas de la roca y a la soledad del desierto, mas sin compasión humana que fortaleciera sus manos en Dios. ¡Con qué asombro ha pisado Jesús la senda por la que conduce a sus santos a la gloria! ¿Y no hay nada semejante en la experiencia del fiel? Quien testifica del Señor, quien concibe un proyecto nuevo de hacer el bien, quien ocupa un puesto prominente de responsabilidad o quien prospera en alguna empresa de benevolencia cristiana, suele ganar la admiración de muchos y, a la vez, hacerse objeto de la envidia y vituperio de unos pocos. ¡Ay de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros! Así, un cristiano activo, celoso y exitoso puede verse crucificado entre la idolatría humana por un lado y la envidia de la criatura por el otro. Sea así, con tal de que el yo sea muerto y Dios glorificado. El gran secreto es la muerte entera a ambos: ir adelante en la obra del Señor, según dicta el juicio, aprueba la conciencia y guía la providencia; muerto al aplauso humano e indiferente a la censura; tomando siempre el lugar bajo, buscando la gloria del Señor y el honor que viene de Dios solamente. ¡Oh, vivir y trabajar, dar y sufrir, en la mansa simplicidad de Cristo y con la eternidad a la vista! El Señor nos conceda gracia para vivir así y morir así.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - June 30
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.