Los preceptos de Jesús

Glorificar al Padre llevando mucho fruto

La gloria esencial de Dios no puede aumentar ni disminuir; sin embargo, glorificarlo es el fin mismo de nuestra existencia y el deber supremo del creyente.

«En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos». Juan 15:8.

La gloria esencial del Ser Divino no admite ni limitación ni aumento. ¿Tomará el sol prestados sus rayos del gusano luminiscente? ¿O puede la pequeña vela añadir algo al resplandor de su esplendor de mediodía? Dios habría sido infinitamente glorioso en sí mismo aunque ni una sola criatura hubiera sido llamada a la existencia. Fue infinitamente glorioso en las soledades de la eternidad, antes de que fueran creadas las brillantes legiones de querubines o serafines. Las adoraciones de los ángeles nada añaden a su gloria esencial; y las blasfemias de los hombres en la tierra, o de los demonios en el infierno, nada le restan. «Mira los cielos y ve; contempla las nubes, que están más altas que tú. Si pecas, ¿qué le haces a Dios? Si tus rebeliones se multiplican, ¿qué le haces? Si eres justo, ¿qué le das, o qué recibe él de tu mano?». Job 35:5-7. Hay, pues, un sentido importante en el que él permanece del todo inalterado, ya sea por nuestra obediencia, por un lado, o por nuestra rebelión, por otro. La maldad de los hombres no puede dañarle; ni la justicia de los hombres puede aprovecharle.

Al mismo tiempo, es posible que glorifiquemos a Dios. Un personaje de elevado rango puede poseer toda bendición en abundancia, de modo que no necesite nada de cuanto podamos hacer por él; y, con todo, tal persona puede ser honrada por nosotros. De igual manera, aunque el bendito Dios no depende en absoluto de nuestros servicios, se nos permite, no obstante, manifestar el honor de su nombre y hacer gloriosa su alabanza.

No solo se nos permite hacerlo, sino que es nuestro deber ineludible, cuya omisión entraña la mayor culpa, así como la más vil ingratitud. Glorificar a Dios es el gran designio para el cual fuimos formados, y por ello perderlo de vista es fallar el fin mismo de nuestra existencia. ¿Qué sucedería si el sol se negara a difundir su luz y su calor? ¿No se transgrediría la ley de su creación, puesto que fue expresamente diseñado para ese propósito? ¿Qué sucedería si las lluvias se negaran a dejar las nubes para fertilizar la tierra sedienta, o si la tierra se negara a dar sus tesoros después de todo el cultivo recibido?

Lo que, sin embargo, sería meramente antinatural en la creación inanimada, en nosotros sería mucho más monstruoso, en tanto que somos capaces de conocer nuestro deber y estamos bajo las más altas obligaciones de cumplirlo. Que el sol se niegue a brillar, y las lluvias a descender, y la tierra a dar su fruto: solo transgreden la gran ley de su creación. Cuidémonos —por todo lo que es vinculante en la autoridad del Altísimo Dios, por todo lo que es solemne en el pensamiento de nuestra responsabilidad ante él, y por las consecuencias espantosas que seguirían si sus demandas fueran desatendidas— de no transgredir aquella ley superior bajo la cual estamos puestos, ley que nos requiere glorificar a Dios, tanto con nuestros cuerpos como con nuestros espíritus, que son suyos.

¡Cuán temible fue el cargo traído contra el impío monarca de antaño: «El Dios en cuya mano está tu aliento, y cuyos son todos tus caminos, tú no lo has glorificado»! Lector, cuídate de que no se traiga contra ti el mismo cargo. Para que así no sea, procura averiguar cuáles son los requerimientos divinos, con la firme determinación de cumplirlos todos. ¿Y qué requiere de ti el Señor tu Dios?

Requiere tu más cálido agradecimiento: «porque quien ofrece alabanza me glorifica». Requiere tu más plena confianza, de modo que, como el padre de los fieles, seas «fortalecido en la fe, dando gloria a Dios». Y, sobre todo, requiere que todo sentimiento y facultad de tu naturaleza sea consagrado, en entrega sin reservas, a él.

«¿Qué quieres que yo haga?» debiera ser tu pregunta cotidiano. Y abundar siempre en la obra del Señor debiera ser tu constante propósito y objetivo. Procura, pues, ser lleno de todos los frutos de justicia, que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Father Glorified

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura