El fundamento firme del creyente

La deidad de Cristo, la fe y la misericordia de Dios

Exhorta al creyente a buscar a Dios de veras, defiende la deidad de Cristo como fundamento del cristianismo, advierte contra la incredulidad que deshonra a Dios, y contempla la misericordia y la justicia divinas manifestadas a lo largo de la historia.

Si es así, nos dirigiríamos a ti en lenguaje de aliento. Nunca nadie buscó al Señor en vano, quien le buscó completamente de veras. Aunque tu pasado esté lleno de iniquidades de crasa enormidad, y tu impresión sea que ningún pobre desdichado jamás llegó a tales extremos espantosos en el camino descendente, sin embargo oye lo que la voz celestial declara: «Mas de allí buscarás a Jehová tu Dios, y lo hallarás, si lo buscares con todo tu corazón y con toda tu alma» [Deuteronomio 4:29].

Día 17

«Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos.» Mateo 18:20

Si alguna doctrina del cristianismo puede ser considerada fundamental y esencial para su misma existencia, es la de la Deidad de Cristo. Como uno observa: «Si se formara una conspiración en el infierno para destruir el sistema planetario, ¿cómo llevarían los poderes malvados su ejecución? Comenzando por las afueras, ¿buscarían borrar un planeta tras otro, e intentar así gradualmente la destrucción del todo? No, sino con un solo golpe maestro se esforzarían por derribar al sol del centro, y así lograr su objeto de una vez».

Del mismo modo, con quienes niegan la divinidad del Redentor. Solo déjenlos tener éxito en derribarlo de su excelencia, y todo lo que es vital y precioso en el esquema cristiano desaparece. Él es, en la gloria de su persona y la suficiente plenitud de sus méritos expiatorios, el fundamento de toda la superestructura. Y «si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué hará el justo?» [Salmo 11:3].

Esta gran verdad nunca es formalmente probada por los escritores inspirados; más bien la dan por sentada, como lo hacen con la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Pero si el testimonio de la Escritura sobre el asunto es de naturaleza indirecta, no por ello es menos concluyente. Los pasajes en que está claramente envuelto son sumamente numerosos —demasiado numerosos para ser referidos aquí.

¿Son el poder sin límites y la autoridad suprema propiedades divinas? Jesús dice: «Todo el poder me es dado en el cielo y en la tierra» [Mateo 28:18]. Todo tipo de poder es suyo, todo grado de poder —poder en todo tiempo y poder en todo lugar. Abarca dentro de su amplio alcance las innumerables huestes del cielo arriba; y mientras Él hace según su propia voluntad entre los ejércitos de los cielos, incluye las regiones inferiores de la tierra y también del infierno; todas las tribus y familias, todos los elementos e influencias de la una, y todas las miserables legiones de la otra, están bajo su control absoluto.

Y así con la seguridad ante nosotros. Por ninguna mera criatura, por elevada que fuera su rango, podría ser pronunciada. Él tiene a su pueblo redimido congregado en todas partes del mundo; pero dondequiera que estén, les asegura que estará en medio de ellos. Así, si negamos su deidad y por consiguiente lo privamos del atributo de omnipresencia, incluso lo despojamos de su rectitud y veracidad como hombre, pues en este último caso promete lo que le era imposible cumplir.

Pero estas palabras, además de ser provechosas para doctrina, no lo son menos para consolación. ¡Qué aliento brindan a sus verdaderos seguidores cuando se congregan en su nombre! Su grata presencia tienen los más firmes motivos para esperarla, sea cual fuere su número, y por humilde que sea su suerte terrenal. No importa dónde se celebren sus reuniones —en el humilde granero o la modesta cabaña, en lo recóndito de la montaña, o en la soledad del lejano desierto, sin más dosel que la amplia bóveda del cielo— si solo se reúnen en su nombre, Él estará allí.

«Jesús, donde tu pueblo se reúne, allí contemplan tu trono de gracia; dondequiera que te buscan, te hallan, y todo lugar es suelo sagrado.»

Al mismo tiempo, nos corresponde clamar fervientemente por el cumplimiento de esta preciosa promesa, conforme al principio: «Yo también dejaré preguntarme a la casa de Israel, para hacerles esto» [Ezequiel 36:37].

¡Bendito Salvador! Está con nosotros cuando te esperamos en los medios que has designado. Está con nosotros, para responder nuestras oraciones, recibir nuestras alabanzas y aplicar tu palabra con energía salvadora a nuestras almas. Está con nosotros, para dispensar aquellas bendiciones espirituales que tanto necesitamos, para renovar nuestras fuerzas desfallecientes y animarnos con los goces de tu salvación. Entonces conoceremos la dicha de los que velan a tus puertas, y como tu siervo de antaño hallaremos que un día en tus atrios es mejor que mil, y que ocupar allí la posición más humilde es infinitamente preferible a lo que se disfruta en las tiendas de la comodidad, o a lo que pueden conferir todos los tronos del poder terrenal.

Día 18

«Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y prosperaréis.» 2 Crónicas 20:20

Hay mucho en la conducta de los hombres que, en el fuerte lenguaje del Salvador, «es abominación delante de Dios» [Lucas 16:15]. Respecto a todo pecado, Él dice: «¡Oh, no hagáis esta cosa abominable que aborrezco!» [Jeremías 44:4].

Pero hay algunos pecados que Él considera con peculiar detestación. Entre tales, un lugar de alta prominencia debe darse a la incredulidad; pues «el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo» [1 Juan 5:10]. Ofensivo como debe ser ante su estimación cualquier acto de abierta y palpable desobediencia, es evidente que desconfiar o negar su palabra lo es mucho más.

Supongamos el caso de dos hijos, uno de los cuales desobedeció el mandato de su padre, y el otro no creyó su veracidad. ¿Cuál de ellos sería más probable que le afligiera? Sin duda, el último. Pues que un hijo actúe en directa oposición a la voluntad de un padre amoroso indicaría no poca culpa e ingratitud. Pero que le diga a su padre a la cara —un padre cuya veracidad nunca había sido puesta en duda— que no tiene confianza en él y que está seguro de que su intención era engañarlo, ¡cuán hiriente sería para los sentimientos del padre!

Así es con Dios. No queremos paliar la conducta de los hijos de desobediencia, porque es cosa temible quebrantar uno de los más pequeños de los mandamientos divinos. Pero cuestionar su veracidad aun por un solo momento; llamarlo mentiroso, a Aquel cuya palabra nunca ha sido ni nunca podrá ser quebrantada; cambiar la gloria del Dios incorruptible, no solo en semejanza de hombre corruptible y de cuadrúpedos y reptiles, sino en la del gran espíritu apóstata mismo, el padre de la mentira, y el engañador desde el principio. ¡En ello debe haber un grado de turpitud que ninguna palabra puede expresar, y ninguna mente imaginar! Es triste pensar que haya tanto de este espíritu de incredulidad, aun en aquellos que por la gracia han creído.

No obstante las innumerables pruebas que han tenido de la fidelidad y el amor de Dios —¡cuán propensos son a desconfiar de Él, como si hubiera algo dudoso en su carácter después de todo!

El difunto John Newton, al dirigirse a un amigo cristiano, observó: «Si, después de mi repetida y más cordial recepción en tu casa, yo siempre te estuviera molestando con sospechas de tu buena voluntad, y a todo el que viera le dijera que verdaderamente creía que la próxima vez que fuera a visitarte cerrarías la puerta en mis narices y me negarías la entrada, ¿no te afligirías y ofenderías? ¿No preguntarías: '¿Qué razón puede dar John para tal trato? Él sabe que he hecho todo lo posible por asegurarle una cordial bienvenida, y se lo he dicho una y otra vez. ¿Me tiene por un engañador? Sin duda estoy justificado al decir que su amistad no vale la pena preservar, y nadie puede culparme si busco amigos entre los que creerán mis palabras y acciones'.»

¡Oh, cuán a menudo ha sido afligido nuestro gracioso Padre en la casa de sus amigos por sentimientos similares albergados hacia Él! ¿Qué ha hecho Él para merecer tal conducta de nuestras manos? «¿Así pagáis a Jehová, oh pueblo loco e ignorante?» [Deuteronomio 32:6].

A los discípulos Jesús dijo: «Tened fe en Dios» [Marcos 11:22].

¡Lector! Te dirigiríamos la misma exhortación:

¡Ten fe en Él como el Dios de la providencia!; pues «los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo. Abres tu mano y colmas de bienes a todo ser viviente» [Salmo 145:15-16].

¡Ten fe en Él como el Dios de la gracia!; pues «el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» [Romanos 8:32].

Haciéndolo así le honrarás; y Él, conforme a su promesa, te honrará a ti a cambio. El Dios de los cielos entonces te hará prosperar, y te afirmará en todos tus caminos.

Día 19

«Porque me compadeceré de él, dice el Señor.» Jeremías 31:20

Las vistas que dan las Escrituras del carácter divino están diseñadas y adaptadas para preservarnos de complacernos en la presunción por un lado, y de ceder a la desesperación por el otro. En casi cada página de su palabra y cada acto de su providencia, contemplamos a un tiempo «la bondad y la severidad de Dios» [Romanos 11:22]. Que Él no es, como muchos imaginan, uno tal como ellos mismos, voluble en sus propósitos, demasiado indulgente para cumplir sus amenazas, y siempre dispuesto a hacer amplias concesiones a las fragilidades de sus criaturas, es abundantemente evidente.

«Un Dios todo misericordia», dice el poeta, «es un Dios injusto.» Y tal, con toda seguridad, no es el carácter de Aquel con quien tenemos que ver. ¿Cuándo apareció como un Dios todo misericordia?

No en la caída, pues la sentencia temible que entonces pronunció fue llevada a ejecución, y la muerte ha pasado a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

No en el diluvio, pues entonces una generación entera fue sepultada por sus crímenes en una tumba acuática.

No en la destrucción de las ciudades culpables de la llanura, Sodoma y Gomorra, pues llovió sobre ellas fuego y azufre y una tempestad horrible, como la porción terrible de su cáliz.

No cuando el altivo monarca de Egipto, con sus poderosos ejércitos, fue engullido en el Mar Rojo, y todos perecieron juntos ante el soplo de las narices de Jehová.

En estas escenas terribles, y muchas otras de carácter similar, apareció como:

glorioso en santidad,

inflexible en justicia, y

aterrador en sus tratos con los hombres rebeldes.

Lejos esté de nosotros insinuar que el Todopoderoso se deleitó en tales visitas destructivas. Que el juicio es su obra extraña, su longanimidad lo demuestra claramente; y cuando no pudo soportar más, ¡qué renuencia, sí, qué año de compasión ha manifestado!

«¿Cómo podré abandonarte, Efraín?» fueron sus palabras cuando fue provocado a ira por aquella tribu apóstata; «mi corazón se conmueve dentro de mí, y se enciende mi compasión» [Oseas 11:8]. Y que el corazón del Padre de misericordias fue conmovido en las ocasiones a que nos hemos referido no admite duda. Su lenguaje sería: «¿Cómo he de consumiros, oh ciudades pecadoras? ¿Cómo he de destruiros, oh rebelde Faraón? ¿Cómo he de anegaros, oh mundo miserable?»

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Sure Ground of the Believer

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura