Tal es la historia de la manera en que nuestro Señor pasó uno de los últimos días antes de su muerte. Creemos que fue el domingo cuando entró con triunfo en Jerusalén. Aquella misma tarde, Marcos refiere que miró alrededor a todas las cosas y luego se fue a Betania con los doce. ¿Qué debieron contemplar aquellos santos ojos al recorrer el templo? Sin duda vieron los sacrificios humeantes, las luces encendidas y a los sacerdotes vestidos de blanco; pero tales espectáculos no pudieron alegrar el corazón del Salvador, pues él sabía cuánto se profanaban aquellas sagradas ordenanzas por una nación incrédula.
Cuán dulce debió parecer la calma de Betania después del tumulto de Jerusalén. Aquella hermosa aldea, anidada entre los árboles frutales que adornaban el pie del Monte de los Olivos, albergaba a algunos de los seguidores más devotos del Señor. A la mañana siguiente, el Señor se dirigió de nuevo al templo. Caminaba con hambre, pues probablemente había salido de Betania muy temprano y sin tomar alimento; su hambre nos recuerda que tenía un cuerpo como el nuestro y estaba sujeto a todas nuestras flaquezas, excepto el pecado. En ese momento vio una higuera con hojas, se acercó a ella y, al no hallar fruto, la maldijo diciendo: «Nunca jamás coma nadie fruto de ti». Cuando el Hijo de Dios vino buscando fruto, no halló ninguno: ni arrepentimiento, ni fe, ni amor, ni santidad. Aquel árbol ofrecía un emblema apto de la nación judía: los sagrados privilegios concedidos a los judíos podían compararse a las hojas; pero donde mucho se da, mucho se espera.
¿Acaso los que trabajan por nuestras almas, sean ministros o amigos, miran en vano buscando fruto? Que la terrible sentencia del Salvador nos sirva de advertencia. Dios puede decir a un hombre, lo mismo que a un árbol: «Nunca jamás coma nadie fruto de ti». ¿Hay alguien que pueda soportar la perspectiva de no ser jamás una bendición durante todas las edades de la eternidad? Los árboles que ahora dan los hermosos frutos de alabanza y santidad en el paraíso de arriba comenzaron a llevar fruto para Dios estando en la tierra. ¿Hemos comenzado a llevar fruto celestial? Si no, ¿cuándo comenzaremos? No lo demoremos; no sabemos cuán pronto Dios podría fijar nuestro estado para siempre.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ curses the barren fig-tree
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.