"Pero él, hecho ya reino, regresó a su casa. Entonces mandó llamar a los siervos a quienes había entregado el dinero, para averiguar lo que habían ganado con él.
"El primero llegó y dijo: 'Señor, tu mina ha ganado diez más.' '¡Bien hecho, mi buen siervo!', respondió su señor. 'Porque has sido fiel en un asunto muy pequeño, toma el cargo de diez ciudades.'
"El segundo llegó y dijo: 'Señor, tu mina ha ganado cinco más.' Su señor le respondió: 'Tú toma el cargo de cinco ciudades.'
"Entonces llegó otro siervo y dijo: 'Señor, aquí está tu mina; la he guardado envuelta en un paño. Tenía miedo de ti, porque eres un hombre duro. Tienes lo que no pusiste y cosechas lo que no sembraste.' Su señor le respondió: 'Por tus propias palabras te juzgaré, siervo malvado. Sabías, ¿verdad?, que soy un hombre duro, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré. ¿Por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo pudiera haberlo cobrado con intereses?' Entonces dijo a los que estaban allí: 'Quítenle la mina y dénsela al que tiene diez.' 'Señor', dijeron ellos, '¡él ya tiene diez!' Él respondió: 'Les digo que a todo el que tiene, se le dará más; pero al que no tiene nada, incluso lo que tiene se le quitará. En cuanto a mis enemigos que no querían que yo reinara sobre ellos, tráiganlos aquí y mátenlos delante de mí.'" Lucas 19:15-27
En este mundo hacemos negocios para Cristo. Cada uno de nosotros tiene algo suyo, un talento, que Él nos ha confiado para negociar con él, como sus agentes. Nuestra propia vida, con todos sus poderes, sus dones, sus oportunidades, sus privilegios, sus bendiciones, es nuestro talento. No somos nuestros. No estamos en este mundo simplemente para pasarlo bien unos cuantos años. La vida es un depósito de confianza. No hemos terminado con la vida cuando la hemos vivido hasta su último día. Tendremos que rendir cuenta de ella a Aquel que nos la dio. Nuestro negocio es mostrar ganancias, obtenidas mediante el comercio con el dinero de nuestro Señor. Se nos exige el mayor uso posible de nuestra vida.
La gente habla a menudo de la solemnidad de la muerte. Pero es algo mucho más solemne: vivir. Morir es solo devolver a la mano de Dios su propio don; y si hemos vivido bien, morir es victoria, es gloria, es el pisoteo de las vanidades de la vida, ¡cuando nuestra alma estalla en bienaventuranza infinita! Pero es vivir lo que es serio y solemne. La vida, hasta su última partícula, es propiedad de nuestro Señor, confiada a nosotros para que sea usada de tal modo que crezca. Después viene el juicio, con su rendición de cuentas, y sus recompensas y castigos. Tendremos que levantar la mirada hacia el rostro de nuestro Señor y decirle qué hemos hecho con el talento, la vida, que se nos confió para guardarla y usarla.
El Señor no pone una gran cantidad de su dinero en las manos de nadie al principio, solo "una mina", como dice la parábola. No es mucho, pero es tanto cuanto somos capaces de usar bien al principio, hasta que hayamos adquirido más experiencia. Además, es suficiente para probar nuestra fidelidad. Si lo hacemos bien con lo poco, Él nos confiará más. Hacer negocios con una pequeña cantidad también nos entrena para que, andando el tiempo, podamos cuidar de una suma mayor. La mayoría de los hombres de negocios exitosos tenían muy poco al comenzar. Manejaron bien lo poco, y este creció hasta convertirse en más. Mientras tanto, ellos mismos crecieron en mayor capacidad y sabiduría, a través de la experiencia, hasta que ahora manejan un gran negocio con la misma facilidad con que al principio manejaban lo poco que tenían.
Lo mismo ocurre en toda la vida. El niño en la escuela tiene poca capacidad mental, pero tiene la suficiente para empezar, la suficiente para mostrar su espíritu y probar su fidelidad. Si usa bien lo poco, la capacidad aumentará. Dios no pone en la mano de ningún hombre, al principio, una mente finamente entrenada y plenamente desarrollada. Los grandes poetas, artistas, filósofos y escritores del mundo comenzaron con una sola mina. Cristo no da a nadie al principio un carácter cristiano noble y de plena estatura, con las gracias espirituales todas floreciendo. El cristiano más santo comenzó con muy poca santidad. El hombre más útil de la iglesia comenzó con una utilidad muy pequeña e imperfecta. Aquellos cuya influencia para el bien toca ahora miles de vidas, se extiende sobre comunidades enteras, o llena un país entero o el mundo, no tenían nada al comenzar, sino una pequeña mina de capacidad, que el Maestro les confió.
El crecimiento de la vida depende del grado de energía y fidelidad que cada uno muestra. En la parábola, la mina de un hombre produjo diez minas más; la de otro produjo cinco.
El primero de estos hombres es un tipo de los que sacan el mayor provecho posible de su vida. Este hombre no se mortificó por tener tan poco al comenzar. Empezó con entusiasmo, con energía y con la mayor diligencia y fidelidad, para sacar lo máximo de su mina. A medida que la usaba, aumentaba. El aumento también lo usó, y el dinero creció, hasta que, cuando su Señor regresó, depositó a sus pies una ganancia del mil por ciento.
Los altos lugares de la vida no han llegado a los hombres por casualidad, ni por ninguna parcialidad providencial en la distribución de los dones y favores de la vida; en su mayor parte, han sido ganados con energía, fidelidad y trabajo.
También encontramos estos siervos de diez minas entre los seguidores de Cristo. Son aquellos cristianos que desde el principio se esfuerzan por alcanzar lo mejor en la gracia divina. Fijan su ideal de obediencia a Cristo en la marca de la perfección. Buscan seguir a Cristo con todo su corazón. Son fieles a cada deber, sin reparar en su costo. Se esfuerzan por ser como Cristo en todos los elementos y rasgos de su carácter. Entregan toda su energía a la obra y al servicio de Cristo. Así, estos hombres y mujeres crecen al fin en una santidad, una belleza espiritual, y un poder de utilidad y de influencia por los cuales son puestos aparte entre los cristianos, resplandeciendo con brillo más luminoso que otras estrellas en la galaxia. Su mina ha producido otras diez.
El otro siervo cuya mina produjo cinco minas, también lo hizo bien, pero no tan bien como el primero. No hizo todo lo que podría haber hecho con el dinero de su señor. No fue tan ferviente como su consiervo, ni tan activo, ni tan diligente, ni tan incansable en el trabajo, ni tan persistente en el empeño, ni tan heroico en la conquista de obstáculos y dificultades. Este hombre es un tipo de una gran masa de gente en el mundo. Son buenos, pero no tan buenos como podrían haber sido. Hacen bien con su vida, pero no tan bien como podrían haber hecho. Podrían haber producido diez minas para su Señor, y en cambio solo produjeron cinco.
Así es en los oficios y en todos los negocios. Muchos se conforman con simplemente salir adelante. Trabajan las menos horas posibles. Son indulgentes consigo mismos. Como consecuencia, hacen poco progreso a lo largo de los años. No son mejores obreros, ni mejores hombres de negocios, ni mejores médicos o predicadores a los cincuenta de lo que eran a los treinta. Son razonablemente prósperos, pero no dan lo mejor de sí.
Lo mismo es cierto en las escuelas. Hay muchos que lo hacen bien, pero que podrían hacerlo mucho mejor. Son despreocupados, poco inclinados al trabajo y a la lucha. Al fin llegan con una ganancia de cinco minas en la mano, cuando podrían haber traído diez.
Muchas personas no sacan el mayor provecho posible de sus dones y privilegios espirituales. Crecen en la gracia, pero su camino podría haber sido como la luz que brilla más y más. Podrían tener más del Espíritu Santo en sus corazones, más de la mansedumbre, la dulzura, la hermosura del Señor en sus vidas. Podrían ser de mayor utilidad para Cristo. ¡Traen un aumento de cinco minas, cuando podrían haber traído diez!
El principio por el cual se otorgan las recompensas de la vida puede llamarse la ley del uso. Un hombre trajo sus diez minas, ganadas por el uso diligente y fiel de la que se le había confiado para negociar. Había mostrado tal capacidad y fidelidad en el cuidado de lo poco que se había dejado en sus manos, que su Señor puso ahora más de sus intereses bajo su cuidado. Lo había hecho bien con el dinero: ahora el cuidado de ciudades se le confió. Es decir, quien hace bien con un depósito pequeño es recompensado con uno más grande, y la recompensa es proporcional a la diligencia y fidelidad mostradas en el depósito menor.
La ley del aumento es la ley del uso. "Tu mina ha ganado diez minas más." Usando lo poco que tenemos, obtenemos más. Esto es cierto en toda la vida. Es cierto en el mundo de los negocios. El muchacho pobre usa sabiamente su primer chelín, y pronto tiene dos. Sigue invirtiendo, comerciando, trabajando, y su dinero crece hasta que es millonario. Lo mismo ocurre en el crecimiento mental. Los jóvenes empiezan en la escuela sin nada. Luchan con problemas difíciles, año tras año, hasta que al fin salen con mentes entrenadas y facultades disciplinadas. El uso ha traído su recompensa. Lo mismo prevalece en la vida espiritual. La manera de tener más amor es amar: el amor crece amando. La manera de fortalecerse para resistir el mal y vencer la tentación es resistir siempre y vencer. Cada batalla que ganamos nos hace más valientes y mejores soldados. Cada esfuerzo que hacemos nos eleva un poco más cerca de Dios.
La manera de volverse más amable y amoroso es mantener los afectos del corazón siempre en ejercicio. Un sentimiento bondadoso puesto en un acto no agota la bondad ni vacía el manantial, sino que deja más bondad en el corazón.
Un joven encuentra difícil levantarse en una reunión y leer un versículo u ofrecer una oración de una sola frase. Sin embargo, cumple su deber, y pronto es un orador aceptable, y en pocos años predica el evangelio con elocuencia y poder. El uso desarrolló sus dones.
La edificación del carácter debería ser nuestro objetivo central en la vida. Los negocios, la escuela, el hogar, la iglesia, la lectura, el placer, la lucha, el trabajo, el dolor, todo es solo un medio para un único fin. Importa poco cuánto dinero ganó un hombre el año pasado, pero es de importancia vital qué marca dejó el negocio del año pasado sobre su carácter. El aumento de la fortuna de uno es de poca importancia en comparación con el crecimiento de la hombría de uno. Todo lo que hacemos deja una impresión en nosotros y también en la obra que estamos haciendo. Estamos edificando la vida todo el tiempo. Lo que hacemos puede ser una bendición en el mundo, pero aparte de esto nos afecta a nosotros mismos. El trabajo de un hombre puede fracasar; sin embargo, aun en el fracaso, la obra sobre su carácter continúa. Si damos lo mejor de nosotros, aunque nada más pueda venir de ello en el mundo, en nosotros mismos no puede dejar de haber un resultado noble. La fidelidad y la energía nunca fallan en su recompensa en el carácter, aunque las manos estén vacías cuando la vida se acaba. "El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre." La recompensa viene en el hacer, no en lo que reunimos en nuestro hacer.
Así es como el uso produce crecimiento, aumento. Usa lo que tienes, y se hará más; comercia con tu mina, y se multiplicará. La ley del crecimiento es la ley del uso. Vemos, pues, que la recompensa que Dios da por la fidelidad no es descanso, sino responsabilidad ampliada. Mientras hagamos bien lo que Dios quiere que hagamos, y seamos fieles en lo suyo que Él nos confía, Él sigue dándonos más deber y añadiendo a nuestro mayordomía.
Entonces la pérdida viene por el desuso. Un hombre trajo su mina cuidadosamente envuelta. No había hecho nada con ella. Este hombre no se describe como especialmente malvado. No fue condenado por lo que hizo, sino por lo que no hizo. No usó su don para dañar a otros. No hizo mal uso del don de Dios. Su pecado consistió en "no usar". No malversó. No jugó su mina. No la desperdició en ninguna especulación insensata. La guardó con seguridad.
Un día el señor regresó. Los siervos fueron todos llamados a informar lo que habían ganado, con las porciones dejadas en sus manos. Entonces este pobre hombre buscó su mina y la sacó de su escondite. Al desenrollar el paño, allí estaba el dinero, oro brillante y refulgente, sin deslustre. "Aquí está tu mina, que guardé." Pero eso no era lo que el Señor quería; él quería ganancias obtenidas comerciando. Así que la mina le fue quitada al siervo que no la había usado.
Aquí, pues, obtenemos nuestra lección. No usar es perder. La pena por la inutilidad es la pérdida del poder para ser útil.
Hay una historia oriental de un mercader que entregó a cada uno de dos amigos un saco de grano para guardar hasta que él lo reclamara. Pasaron los años, y al fin él reclamó su propiedad. Uno de sus amigos lo llevó a un campo de grano ondulante y le dijo: "¡Todo esto es tuyo!" El otro le mostró un saco podrido lleno de grano desperdiciado. El uso produjo una cosecha dorada y honor; el desuso no produjo sino decadencia y deshonor.
Es algo espeluznante pensar en las posibilidades de la mente de las personas, facultades que con el uso adecuado podrían haberse desarrollado hasta un poder brillante, pero que, por no haber sido jamás desarrolladas por el uso, han yacido envueltas en un paño, y al fin han perecido del todo en el cerebro. Los hombres dejan de ejercer su visión espiritual, y viven en tinieblas hasta que los ojos de su alma se apagan, y no pueden ver las cosas espirituales aunque lo quisieran. No amar a Dios en los días primeros de la vida quita al fin del corazón el poder de amarlo. Esta es la solución de aquel misterio del endurecimiento del corazón, que confunde a tantos lectores de la Biblia. El cierre prolongado del corazón a Dios lo deja incapaz de abrirse. El poder de amar, no ejercitado, se apaga.
Hay aquí una verdad que debería sobrecogernos, si no estamos viviendo a nuestro nivel más alto. No creer en Cristo, la continuación en la incredulidad y el rechazo, es al fin perder el poder de creer. No levantar el corazón y los ojos a Dios, la continuación en este apartarse de Dios, es al fin ser incapaz de amar a Dios. No seguir a Cristo, la persistencia en rehusar ser su discípulo, es al fin hallarse a uno mismo incapaz, aun bajo la presión más temible del juicio y la eternidad, de llegar a ser siquiera el más humilde de los seguidores de Cristo. Los poderes espirituales largo tiempo sin usar se apagan, y entonces un hombre está muerto mientras vive.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Law of Use and Disuse
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.