Patmos

Los adoradores redimidos y sin mancilla del Cordero

El Cordero reina en Sión con los ciento cuarenta y cuatro mil, marcados con su nombre, entonando un cántico nuevo que sólo los redimidos y santificados pueden aprender.

Y cuando aquella guerra se acalló, y la batalla se apartó de las celestiales puertas, fue solamente, como hemos observado, para que las legiones expulsadas hicieran de la tierra la escena de su renovada e impía contienda. Si estos juicios sobre la Iglesia hubieran sido los castigos disciplinarios de su gran Cabeza, Juan se habría inclinado con confianza inquebrantable. Pero era una temible hermandad y confederación la que contemplaba de los poderes del mal humano y satánico: un compuesto de fuerza bruta y fuerza demoníaca; el hombre, instrumento y herramienta de impulsos infernales, enfurecido contra el Señor y contra su Ungido. Satanás estaba arengando a las huestes de hombres malvados; y de estos agentes humanos engañados y malignos se oía el clamor: «¿Quién como la Bestia? ¿quién podrá hacer guerra contra ella?». Bien podía el Apóstol tembloroso exclamar, con palabras pronunciadas por David en hora semejante de terror y desaliento: «Caigamos en manos del Señor, porque grandes son sus misericordias, y no caiga yo en manos de hombre».

Fue, pues, en medio de tales lúgubres imágenes que el desterrado de Patmos volvió los ojos del mar y de la tierra y del desierto a los ya bien conocidos emblemas del Cordero, de los cuatro Seres Vivientes, de los Ancianos, del Trono, de los ciento cuarenta y cuatro mil. Merece, además, señalarse de modo especial, en relación con la visión, que no debe tomarse como un cuadro del cielo que ha de venir: el cielo de la Iglesia triunfante consumada (eso está reservado a revelaciones futuras, que consideraremos más adelante); es más bien el cielo del presente, el mundo sereno que ahora existe, cuando la batalla terrenal aún arrecia y el horizonte inferior sigue aún ennegrecido por las tempestades.

El primer objeto en esta nueva escena que capta la atención de Juan es su amado Salvador: el gran Rey y Cabeza de la Iglesia perseguida. «Miré, y he aquí el CORDERO» (así está con el artículo determinado) —«Miré, y he aquí el Cordero»—, como si aquel símbolo le fuera ya conocido y bienvenido. A quien había visto antes, en la visión inicial, en medio del Trono, adorado por los diez mil veces diez mil y miles de miles, ahora lo contempla «de pie sobre el monte de Sión», constituído como Rey sobre su propio santo monte. Tenía con Él, y en torno a Él, una asamblea de ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían «su nombre» así como «el nombre de su Padre escrito en sus frentes».

Se afirmó expresamente en el capítulo precedente, como una usurpación blasfema de la tercera Bestia, o monstruo salido de la tierra, que «hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, reciban una marca en su mano derecha o en su frente». Era Satanás, el gran contraoperador, imitando y falsificando la obra de Dios, tal como se describe en la visión precedente del sellamiento, engañando, si fuera posible, aun a los escogidos.

Juan acababa de ver a naciones postradas doblando la rodilla ante el usurpador y consintiendo que se les imprimiera en las frentes la degradante marca de vasallaje. Levanta la mirada hacia la Iglesia en gloria. Ve a los redimidos, con la marca indubitable de un vasallaje más divino, llevando en sus cuerpos, en sus frentes, «las marcas del Señor Jesús».

Entonces escucha un salmo de extraña mezcla, cuyas cadencias combinadas le llegan flotando al oído, como si fuera una sola voz del cielo. Estaba compuesto de «muchas aguas», de «grandes truenos» y de «la voz de arpistas que tocaban sus arpas». Era el fragor del trueno y de las olas del océano, combinado con los tonos dulces del más dulce de los instrumentos musicales. El cántico que oyó era como «un cántico nuevo». No se nos dice en qué consistía su novedad o su singularidad, ni cuál era el tema de sus magníficas melodías; probablemente sería una atribución de gozosa acción de gracias por su segura liberación, por parte de los que habían cambiado ya la milicia de peregrinos por el reposo de peregrinos: los que con alas de águila se habían refugiado una vez en el abrigo del desierto, pero que ahora se habían remontado a las alturas del cielo y habían hecho su percha en el Árbol de la Vida en medio del Paraíso de Dios. Pudo haber sido un cántico en el que se entrelazaba la celebración de la seguridad y del gozo con el recuerdo de las luchas pasadas: las pruebas que habían soportado con paciencia, las tentaciones que habían resistido con éxito; o pudo haber sido un cántico de aliento y consuelo del corazón dirigido a los guerreros y sufrientes que luchaban abajo, en anticipación de un triunfo igualmente seguro si eran fieles hasta la muerte; o pudo haber sido un cántico sólo «como» nuevo, pero que en realidad era el de siempre: el mismo que entonó Abel a las puertas del Edén, y que Juan había cantado acaso aquel día sobre las rocas de Patmos, o después en su hogar de Éfeso: «¡A aquel que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre!»

Toda la información que nos da acerca del cántico es que nadie podía aprenderlo sino los ciento cuarenta y cuatro mil. No podía ser entendido ni cantado por los más santos de los labios humanos, por cuanto, muy posiblemente, hasta que los espíritus de los justos son «llevados a la perfección» —hasta que son introducidos en su estado de glorificación— no pueden comprender del todo el lenguaje del cielo; «palabras inefables que no le es lícito (ni posible) al hombre pronunciar». Aun este Apóstol favorecido, al entrar en el Templo de arriba, necesitaría que sus labios fueran tocados con el ascua viva serafínica antes de poder afinarlos con el sentido y la melodía de sus alabanzas.

Siendo tal la escena de adoración en el cielo develada a los ojos del Apóstol, pasemos a notar la delineación aquí dada de sus ADORADORES.

(1.) Se los describe como Redimidos (versículo 3): «los que fueron redimidos de entre la tierra». Y de nuevo (versículo 4): «Estos fueron redimidos de entre los hombres». No aquella moderna amplificación de la Escritura —aquella parodia de una verdad revelada— que la leería «los redimidos de la tierra», como indicando el rescate y la restauración universal de la humanidad. Sino «los redimidos de entre la tierra»: los escogidos rescatados, los representados en una visión anterior como sellados de manera especial, o en el capítulo precedente como los que habían vencido al dragón rojo (sí, a todos sus enemigos) por la sangre, o «a causa de la sangre del Cordero». En otras palabras, son los siete mil de Dios (distinguidos de la muchedumbre de Baal), antes escondidos en las cuevas del desierto de la tierra, ahora para siempre en las hendiduras de la verdadera Roca de los Siglos: seguros de la tormenta y del vendaval.

Este título para la posesión y el ejercicio de sus tronos y de sus coronas ocupa, como bien puede, la vanguardia y el puesto de honor de sus características. Es la repetición, en otra forma, de las palabras de una figura reciente que consideramos de propósito: «los que han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero». Como en el monte terrenal de la Transfiguración, así en este Sión celestial, el Apóstol reconoce que el tema de la conversación extática es «la muerte consumada en Jerusalén». Su cántico nuevo es el cántico del amor redentor. La redención es lo único que les ha ganado el derecho a la descripción con la cual se cierra la visión, cuando se dice de ellos que están «sin falta delante del trono de Dios».

(2.) Los adoradores son representados como sin mancilla. No sólo en este mundo fueron justificados por la sangre, sino que fueron regenerados y santificados por el Espíritu de Cristo. No sólo tenían la justicia imputada, sino la justicia implantada; y un elemento especial de esa justicia subjetiva aquí mencionado es el de la castidad de vida: la pureza virginal. ¡Con cuánta severidad llega a cada corazón el lenguaje de la visión, con sus profundas corrupciones e impurezas de pensamiento y de obra, indagando acerca de aquellos deseos carnales que combaten contra el alma, que embotan y hieren y manchan la conciencia, y todas las sensibilidades de nuestras naturalezas más elevadas, poniéndolas en fuego del infierno: los antagonistas encarnizados de aquella santidad sin la cual, se declara, nadie puede ver, y sin duda, nadie puede gozar, de Dios!

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE LAMB STANDING ON MOUNT ZION WITH THE HUNDRED AND FORTY — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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