Hemos entrado en una nueva escena de los sufrimientos de nuestro Señor. He aquí al Salvador en camino al Calvario, lugar de su crucifixión. La noche anterior la había pasado en el aposento alto de Jerusalén, en el huerto de Getsemaní y en el palacio del sumo sacerdote; y la madrugada en el pretorio de Pilato. ¡Qué variedad de dolores había padecido en esos lugares! En la mesa de la cena y en el huerto, su alma fue turbada; en el palacio y en el pretorio, su cuerpo fue abofeteado, escupido y herido. Antes de emprender su último y doloroso viaje, le fue quitada la púrpura real y le colocaron de nuevo sus propias vestiduras; pero no sabemos si le retiraron de las sienes sangrantes la corona de espinas. Es probable que los crueles soldados permitieran que aquel instrumento de tormento permaneciera, sin saber que era la insignia de su verdadera dignidad.
Y él, llevando su cruz, salió. Los judíos estaban acostumbrados a ver a los criminales cargados con sus cruces camino del lugar de ejecución, y solían inferir los más groseros insultos a los desdichados que avanzaban. Sin duda, los soldados que ya habían atormentado a Jesús le perseguían ahora con bárbara crueldad; pero al parecer descubrieron que su víctima apenas podía moverse bajo tan dolorosa carga. Los ayunos y vigilias, las oraciones y las lágrimas habían agotado las fuerzas del Hijo del Hombre, conforme a lo que David describió: «Por la voz de mi gemido, mis huesos se peguen a mi piel». ¿Le ayudarían los soldados a llevar su pesada cruz? ¡No! Era una carga demasiado vergonzosa para ellos, aun para tocarla.
En ese momento se encontraron con un hombre llamado Simón, natural de África. «A éste le obligaron a llevar la cruz». No podemos asegurar que Simón se mostrara reacio, pues no le dieron a elegir; los soldados le ordenaron cumplir aquel servicio público. Ignoramos si era enemigo, amigo o un completo desconocido del Salvador; pero es evidente que no se había unido al grito de «¡Crucifícalo, crucifícalo!», pues venía del campo cuando Jesús salía de la ciudad. Entonces se tuvo por un oficio degradante llevar la cruz del despreciado Jesús; pero después fue considerado un honor singular. Los hijos de Simón fueron conocidos como los hijos del hombre que llevó la cruz del Redentor. ¡Cuántos ángeles en el cielo habrían tomado con gozo su lugar, si se les hubiera permitido! Y en la tierra habría habido quienes, de poder hacerlo, habrían llevado la carga de su Señor y compartido su oprobio. ¿No le habrían aliviado con gusto las mujeres que le seguían llorando? ¿Y Pedro, que ya lamentaba su negación, y el amado Juan, no habrían ayudado a llevar la cruz, de no haberles mantenido alejados el temor a los brutales soldados y a los maliciosos sacerdotes? ¿Pensamos nosotros que habríamos deseado ocupar el lugar de Simón? Aunque nuestro Señor no se desmaya ya bajo el peso de su cruz, su nombre sigue despreciado y su pueblo perseguido. Él se deleita en vernos dispuestos a soportar la afrenta por amor a él. Llevar la cruz de Jesús y compartir su oprobio se estima en el cielo más honorable que gobernar reinos o descubrir mundos. Lo supiera o no Simón, ningún monarca en su trono ocupó un lugar de tanta distinción como él cuando llevó la cruz del Nazareno.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Simon bears the cross
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.