El cielo abierto

Ven y vive: el pacto eterno del alma con Cristo

Una solemne invitación al pecador para romper su pacto con la muerte, abandonar el pecado y el mundo, y desposarse con Cristo, con una forma de palabras para pactar con Dios.

Oh tierra, tierra, tierra, oye la palabra del Señor. Vosotros, hombres de este mundo, espíritus que estáis en prisión, cautivos de la iniquidad, bajo el príncipe de este mundo; en pacto con la muerte, en concierto con el infierno, sin Cristo, ajenos a la república de Israel, extraños al pacto de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo; que habéis dicho: No queremos que este hombre reine sobre nosotros, rompamos sus ligaduras y echemos de nosotros sus cuerdas; que os habéis juntado con los ídolos, que habéis escogido otros dioses, que vais tras otros amantes; que andáis conforme al curso de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia; teniendo vuestra conversación en los deseos de la carne, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente, y siendo aún, como lo erais por naturaleza, hijos de ira, en la hiel de amargura y en la atadura de la iniquidad.

Oh vosotros, hijos de la muerte, hijos de la noche y de las tinieblas, oíd, y vivirá vuestra alma; también a vosotros es enviada la palabra de esta salvación; aun los extraños, y los que están lejos, que se asieran del pacto, y escojan lo que agrada a Dios, éstos también tendrán un nombre en su casa, aun el glorioso nombre de hijos e hijas. El Señor ha enviado una palabra a Jacob, y caerá sobre Edom, y sobre Amalec, y sobre los filisteos incircuncisos, aun cuantos de ellos llamare el Señor nuestro Dios. (Hechos 2:39).

Escuchad, oh pueblo, vosotros que estáis contaminados en vuestra sangre, escritos en la tierra, libres entre los muertos; entrad, que vuestro pacto con la muerte sea anulado, y vuestro concierto con el infierno sea deshecho; haced alianza con el Todopoderoso, y vuestros nombres también serán escritos entre los vivos en Jerusalén. Poneos delante del Señor; venid, razonemos juntos. ¿Dónde estáis? ¿Cuál es vuestra porción y heredad? Malditos sois con maldición. Fuego y azufre, y una tempestad horrible, esta será la porción de vuestra copa. (Salmo 11:6). ¿Qué buscáis? ¿Hónde camináis? Después que pasen unos pocos años de vuestra vanidad, ¿dónde habrá de ser vuestra morada? ¿Quién podrá habitar con el fuego devorador? ¿Quién podrá habitar con los ardores eternos? Mirad delante de vosotros, ved aquel horno humeante, aquel lago ardiente, aquel abismo sin fondo que está abriendo su boca para vosotros, y que en vuestro próximo paso puede tragaros. Escaped por vuestras vidas: ¿por qué queréis morir? Volveos y vivid.

¿Creéis la resurrección de los muertos, el juicio venidero y el mundo invisible? ¿Es acaso el espíritu del hombre como el espíritu de una bestia? ¿Perece con su cuerpo? ¿Muere el hombre como muere un perro? ¿Muere el sabio como muere el necio? ¿Les suceden todas las cosas igual a todos, justos e injustos, buenos y malos, después de esta vida, así como en ella?

¿Creéis las Escrituras? ¿Son acaso una fábula? Si esperáis que lo sean, ¿estáis seguros de que lo son? ¿Osáis aventurar vuestras almas en ello? Mientras los santos se aventuran en la verdad, ¿osáis vosotros aventurar vuestras almas en su falsedad? ¿Osáis presentaros y decir: Si esta palabra no es mentira, que sea yo condenado para siempre; estoy contento con que el gusano eterno roa mi corazón, con que el fuego infernal queme mi carne, mis huesos y mi alma para siempre jamás, si al fin no resulta una mera falsificación e impostura?

¿Creéis, pues, que las Escrituras son verdaderas? Si lo creéis, ¿qué os predican? ¿Os dicen acaso algo, sino esto: que hay otra vida y otra muerte, además de la que está dentro del alcance de los ojos mortales; que la otra vida y la otra muerte son eternas; que del que seáis hallados dentro o fuera del pacto de Dios pende vuestro juicio eterno, ya para vida ya para muerte; que mientras estáis en pacto con la muerte, y en un camino de iniquidad, estáis fuera del pacto de Dios, y no podéis tener provecho alguno de él; que bajo el pecado, estáis fuera del pacto; fuera del pacto, estáis fuera de Cristo; y fuera de Cristo, estáis bajo condenación?

¿Hay acaso cosas que aquella Palabra —que profesáis creer verdadera, y tan firme como el cielo y la tierra— habla con más claridad que estas y semejantes cosas? ¿Qué, y aun así estáis seguros en un estado de pecado? Ajenos a Dios, enemigos de toda justicia, ¿y aun así en quietud? ¿Estáis resueltos a vender la eternidad por el tiempo, la vida por la muerte, un alma por los placeres del pecado? ¿Es esta la elección que habéis hecho, y estáis resueltos a mantenerla? «Déjenme tener este mundo, mi porción aquí, mis bienes aquí, y luego que sea yo condenado en el otro mundo; déjenme pecar aquí, y sufrir después; déjenme reír aquí, y lamentarme después; déjenme florecer y prosperar y vivir en holgura y en honor y en placer y en libertad aquí, y que mi prisión, mi dolor, mi angustia y mis plagas estén allá abajo; allí déjenme ser desgarrado, déjenme arder, déjenme rugir, déjenme morir, con tal de que yo sea rico y esté alegre, y me regocije un poco aquí; ¡que el tiempo sea mi cielo, y la eternidad sea mi infierno!» Hablad en serio, ¿es esta vuestra elección? O, para que no seáis urgidos a hacer una nueva elección, ¿osaréis haceros un evangelio nuevo? Y separando lo que Dios ha unido, ¿uniréis lo que él ha apartado? ¿Escribiréis esto por evangelio: «Santidad e infierno, pecado y gloria, Cristo y maldición, el diablo y la corona: siga el impío su camino, y el inicuo sus pensamientos; siga huyendo del Señor, y tendrá misericordia, y de su Dios, y él le perdonará abundantemente! ¡Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la muerte, y pocos son los que la hallan; pero ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la vida, y todo el mundo entra por allí! ¡Bienaventurados los soberbios de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos! ¡Bienaventurados los que ahora ríen; bienaventurados los perversos, los sin misericordia, los impacientes de corazón, los perseguidores por causa de la justicia, porque grande es su galardón en los cielos! Adentro estarán los perros, los fornicarios, los hechiceros, los borrachos, los rufianes, los blasfemos, los idólatras, y todo el que ama y hace mentira; y afuera estarán los corderos, los santos, los humildes, los mansos, los misericordiosos, los rectos de corazón, los pobres de espíritu, los pacificadores, los perseguidos por causa de la justicia, y todo el que ama la verdad y pone en Dios su confianza: ¡éstos irán al fuego eterno, pero los impíos a la vida eterna!»

¿Son éstos los artículos de vuestro credo? ¿Es este vuestro evangelio? Si lo es, oh, ¿qué es vuestro cielo? Si no lo es, si el antiguo evangelio ha de permanecer, ¿dónde están vuestras almas? ¿Están perdidas vuestras almas, y no valen su rescate? ¿Por qué queréis morir? Volveos y vivid; oh, ¿cuándo será?

Como embajador de Cristo, a quien ha sido cometida la palabra de la reconciliación, habiendo os sugerido lo que es la ley, así en el nombre del Dios eterno, os publico el evangelio eterno.

Habiendo el Señor Dios entrado en un pacto de vida con el primer Adán, por sí mismo y por toda la humanidad en él, este pacto ha sido quebrantado, por lo cual el pecado ha entrado, y la muerte por el pecado; y habiéndose vuelto ahora todo el mundo culpable delante de Dios, sujeto a la venganza del fuego eterno, y bajo una absoluta imposibilidad de recuperación por algo que aquel pacto pueda hacer, Dios, por su abundante gracia, ha hecho un nuevo pacto, del cual quien se asiere será librado del estado de muerte e ira a un estado de vida y bienaventuranza. Lo que la ley no pudo hacer, por ser débil por la carne, Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado para cumplirlo; y con él esta graciosa concesión: que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. (Juan 3:16). Y este es el pacto que os ha sido declarado.

Este nuevo pacto es un pacto de matrimonio: Te desposaré conmigo para siempre; sí, te desposaré conmigo en justicia, y en misericordia, y en compasiones. (Oseas 2:20). En él el Señor hace oferta, y os invita a aceptar un esposo y una dote: el esposo es el Hijo del Rey, el Señor Jesucristo, y con él el reino perdido, y todo lo que pertenece al reino de Dios, por dote. Libertad para los cautivos, la apertura de la cárcel a los que están presos; riquezas para los pobres, ojos para los ciegos, pies para los cojos, sanidad para los enfermos, y vida para los muertos.

Y cualquiera de entre vosotros, que sois personas bajo la ley, tenidos por las cuerdas de vuestros pecados, cuyas almas están fuertemente atadas con grillos de hierro, que estáis dispuestos a que vuestro pacto con la muerte sea anulado, y vuestro concierto con el infierno sea deshecho, y que os uniréis al Señor y seréis traídos dentro de los lazos de este pacto, todas las bendiciones de este pacto os son conferidas y os permanecen seguras. La concesión está hecha, la escritura está redactada y sellada; el Señor ha puesto su sello: venid vosotros y sellad la contraparte; poned a ella vuestro sello, y el pacto queda consumado. Cristo, y con él todas las cosas, son vuestros, y vosotros sois suyos. Aceptad, y vivid; rehusad, y morid para siempre.

Ven, pues, pecador; ¿qué dices? ¿Consientes? ¿Aceptas? O, como Labán a Rebeca: ¿Irás con este hombre? Déjame desposarte con este Esposo; solo déjame decirte primero que el asunto es solemne, y debes ser serio. Es para la vida, es para la eternidad. Considera, pues, y deja que tu corazón, postrado delante del Todopoderoso, venga y dé respuesta a estas demandas, que de parte de él, y en su grande y terrible nombre, yo te hago.

I. ¿Quieres a Jesús por TU ESPOSO? Entiende antes de responder. El tomar a Cristo por tu Esposo implica,

1. Unión íntima — al escogerle y aceptarle por tuyo, y al rendirte y entregarte a él por suyo; para vivir con él en los más entrañables afectos conyugales para siempre.

2. Sincera sujeción — al someterte libre y alegremente a él, como a tu Señor, a quien obedecerás y te sujetarás en todo. La esposa debe estar sujeta a su marido; pero no como una esclava, por fuerza, sino libremente y por consentimiento.

3. Dependencia total — teniéndole por tu Cabeza, no esperando nada, no reconociendo nada sino lo que de él desciende sobre ti; dependiendo de él para todas las cosas, el pago de tus deudas, tu libertad de tus ataduras, y toda tu provisión para el sustento y mantenimiento.

Considera, pues; ¿qué dices? ¿Tu corazón le escoge y acepta, y se rinde a Cristo? ¿Le escoges por Esposo? Puedes escogerle por Refugio, para esconderte del peligro; puedes escogerle por Amigo, para ayudarte en tu necesidad; pero ¿le escoges por tu Esposo? ¿Te llegarás a él; le amarás, honrarás y obedecerás? ¿Entiendes su manera, la ley de su casa, el orden y la disciplina de su familia? ¿Conoces sus mandamientos y expectativas; cuán santa, cuán espiritual, cuán estricta y abnegada, cuán humilde y sumisa espera que sea toda tu conducta? ¿Estarás a su cargo? ¿Le mirarás, y te apoyarás en él para todo lo que necesitas? ¿Será todo tu deseo hacia él, y tu dependencia en él? Eres un siervo; ¿quién será tu redención? Eres un malhechor; ¿quién será tu satisfacción? Eres un leproso; ¿de dónde esperas la limpieza? Eres un mendigo; ¿de dónde esperas una herencia? ¿Te apoyarás en tu Amado para todo? ¿Será él tu sabiduría, justicia, santificación, redención y herencia? ¿Le harás este honor, de confiar en él para todo esto; de echar sobre él todas tus cargas, tu cuidado, tus temores, tus pecados, tu culpa, tus esperanzas? ¿Puedes decir: «Oh mi Dios, he pecado, he pecado; tu ley he quebrantado, tu amor he menospreciado, he caído de ti, y me he pasado a tus enemigos; he caído bajo tu desagrado; la ira está provocada, la justicia me ha echado mano, mi alma está perdida. ¡Cuán terrible es tu controversia conmigo! Y no tengo nada que responder sino esto: “Mi Jesús responderá por mí.”»

«Oh mi Jesús, tú has cortejado e invitado a los pecadores a ti; has enviado a tus mensajeros y tu palabra por los caminos y por los vallados, a las cárceles y a los hospitales del mundo; entre los pobres, los ciegos, los atados, los enfermos, y los que están endeudados y afligidos, para tomar de entre ellos una esposa para tu seno. He aquí, tu Palabra ha hallado entre los cautivos a esta miserable adúltera, mi pobre alma ramera, que ha procedido traidoramente contigo, y ha ido tras otros amantes, ha caído entre ladrones y salteadores, está herida, magullada y perdida, habiendo pródigamente gastado y desperdiciado todo lo que tenía.

Pero he aquí, vengo a tu palabra; si tú dices: “No tengo contento en ti”; si me desprecias con tu pie, y me pisoteas en el polvo, o me devuelves a mi prisión, y me dejas llevar la vergüenza de mis pecados, debo estar callado y sin palabras.

Pero ¿me recibirás? ¿Me tomarás en tu casa? ¿Seré llamada por tu nombre? ¿Me amarás, y te unirás a mí? ¿Saldrás por fiador de tu siervo? ¿Quieres que mis deudas sean sobre ti, mis ataduras sobre ti, mis necesidades, mis pecados, mis penas, mis temores, mis plagas, mi ayuda, mi alma sobre ti? ¿Quieres, Señor, y puedo yo decirte no? ¿Los tomarás, y puedo yo rehusar echarlos sobre ti? Consiento, Señor, consiento en ti; sé tú mi esposo y mi ayudador; ámame, líbrame de esta culpa, suéltame de estos grillos, límpiame de esta inmundicia, y luego pídeme lo que quieras, imponme lo que te plazca. ¡Amarte, honrarte, obedecerte! ¿Qué es mi amor, qué es mi obediencia, para que tú lo aceptes, o para que yo te lo niegue? Poco es lo que puedo hacer; este corazón es tan falso y tan débil que temo comprometerme por él; pero tal como es, tómalo para ti; lo entrego todo a ti, con esta promesa: si tú me ayudas, yo te amaré; si tú me ayudas, yo me sujetaré a ti, y pondré contigo todas mis esperanzas y expectativas.» Ahora, alma, ahora que sabes lo que significa, dime ahora: ¿quieres a Cristo por tu Esposo?

II. ¿Le tomarás PARA LO MEJOR, PARA LO PEOR, para lo rico, para lo pobre? Aunque tu Señor es Rey, su reino no es de este mundo. Él no vino para ser servido, sino para servir; vino a servir y a padecer, y todos los que quieran seguirle deben padecer con él. No vino a repartir tierras y despojos y coronas y dignidades y honores temporales entre sus discípulos, sino cruces y prisiones y azotes y necesidades. Te unirás al Señor, pero ¿tomarás tu parte con él? Vivirás con él, y morarás con él; pero ¿sabes dónde mora, y cuál es su trato? A veces tiene pan, y a veces tiene hambre; a veces tiene vestido, y a veces está desnudo; a veces tiene casa, y a veces no la tiene; a veces tiene amigos, y a veces no los tiene; a veces es tratado con bondad, y a veces con aspereza; a veces es Hosanna, y a veces Crucifícale; a veces es ensalzado como rey, a veces perseguido como un diablo: y como es con el maestro, así será con el discípulo; como con el Señor, así con el siervo; donde él está, allí debes estar tú también. ¿Puedes decir: Donde tú vayas, yo iré contigo; donde tú te apacientas, yo me apacentaré contigo; donde mi Señor mora, si en una tienda, si en una cueva, si en un calabozo, si en un desierto, dondequiera que mi Señor more, déjame morar con él? Considera lo que dices, y no te apresures demasiado.

Quizá aún no sabes lo que significan el hambre y la sed y la desnudez, lo que significan la ira del hombre, sus reproches y escupos y azotes y prisiones: puede ser que hayas pensado: Esto quizá esté bien lejos, y quizá nunca venga sobre mí; o hayas tomado una resolución por falta de reflexión, sin ponderar cuán agudos y cuán apremiantes pueden ser para ti. Pero supón que ahora acabas de llegar a ello, y que viste que tu primer paso hacia Cristo sería el punto de partida entre ti y todo lo que te es querido en el mundo; que tu primer paso hacia el cielo sería hacia el fuego, o el agua, o hacia el campamento de los filisteos, cuyos rostros estaban todos llenos de furia contra ti: ¿tienes aún un sentido mucho más profundo de los sufrimientos eternos de que estás en peligro; una fe firme en tu necesidad absoluta de Cristo para escapar de ellos; un alto valor del amor de Cristo y de la salvación eterna que esperas por él, que sobrepuje y absorba el sentido más agudo y más vivo que tienes o puedes tener de las mayores cosas que has de padecer por él? ¿Has contado todas las aflicciones imaginables, y luego has puesto a tu alma a decidir: «Resuelve ahora qué hacer: o esto, o no Cristo; o esto, o no corona; o esta cruz, o la maldición; o la ira del hombre, o la ira de Dios, con gritos y aullidos y crujir de dientes para siempre jamás. Confiesa a Cristo, y sé confesado por él; padece con Cristo, y reina con él; llora con Cristo, y regocíjate con él; muere con Cristo, y vive para siempre; niega a Cristo, abandona a Cristo, y perece para siempre»? ¿Te has puesto así a prueba? Y después del debate más solemne que has tenido, ¿cuál es el resultado? Ahora dime: ¿Cristo, o no Cristo? ¿Quieres a Cristo para lo mejor, para lo peor, por más que te cueste?

III. ¿DEJARÁS A TODOS LOS DEMÁS? Tienes tres esposos que reclaman derecho sobre ti: el pecado, el mundo y el diablo. ¿Renunciarás a todos éstos, y te divorciarás de ellos? No hay composición posible entre Cristo y ellos; él o ellos han de irse.

1. La renuncia al pecado consiste en desligar o soltar el corazón del pecado. Es una sincera disposición a dejarlo ir: una disposición a partir es nuestro partir del pecado — un romper la paz, un cortar la liga entre el pecado y el alma; cuando un pecador, claramente convencido del valor de Cristo, del valor del alma, de la enemistad del pecado contra Cristo y contra el alma, de lo indigno que es el pecado, con todos sus placeres y ventajas, para ser puesto en la balanza con Cristo, está dispuesto a desprenderse de él: «¿Qué hay en él? ¿Qué puede hacer por mí? ¿Cuánto me durará? ¿A dónde me llevará? ¡Oh, la cola de estas langostas; el aguijón, el aguijón que veo allí! ¿Puedo vivir sin Cristo; o puedo esperar que él habite con tales vecinos? ¿Puedo soportar la pérdida de mi alma; o puede ella escapar si éstos escapan? Veo que es vano pensar en guardar juntamente a Cristo y a las concupiscencias, es vano pensar en salvar juntamente mis pecados y mi alma; es lo mismo que salvarse y condenarse; tanto puedo juntar el cielo y el infierno. Bien, que se vayan; en adelante calla, pecado, no me pidas más posada, sé para mí un extraño para siempre, en adelante ya no te conozco.»

En el comprometer el corazón contra el pecado. Cuando el corazón no sólo se contenta con dejarlo partir, sino que le da carta de divorcio, y lo despide. Cuando puede vivir sin él, y no puede soportarlo. Cuando trata con él como los egipcios con Israel: al principio sólo les dieron licencia para irse, pero al fin los echaron. Fueron urgentes con ellos, «para enviarlos de la tierra apresuradamente; porque decían: Todos nosotros somos muertos».

«Vete, pecado», dice, «yo soy un hombre muerto si te quedas conmigo»; y así ya no lo corteja como a amigo, sino que lo maldice como a enemigo; lo teme, lo odia, y está resuelto a ser su enemigo mortal; y con este fin está determinado a usar todos los medios de Dios para descubrirlo y destruirlo.

(1.) Usar todos los medios de Dios para descubrirlo; para sacar a luz las cosas escondidas de las tinieblas. El pecado va disfrazado; es difícil distinguir a los amigos de los enemigos; necesitan tener sus sentidos despiertos, y bien ejercitados, los que han de discernir entre el bien y el mal. (Hebreos 5:14). ¿Quién podrá entender sus propios errores? (Salmo 19:12). El pecado yace en la oscuridad. «Engañoso es el corazón del hombre, más que todas las cosas, y ¿quién lo conocerá?» Hay demasiada maldad, y yace demasiado profunda para ser discernida por cualquier ojo; el que de veras quiere echarlo fuera, primero debe escudriñar sus iniquidades. «Escudriñemos nuestros caminos, y busquémoslos.» (Lamentaciones 3:40). Debe escudriñar las Escrituras, que describen a estos enemigos y los señalan, qué son, y cuántos, y cómo podéis conocerlos doquiera que los halléis, y bajo cualquier disfraz que aparezcan; debe escudriñar el corazón, donde, si ya no andan abiertamente, se esconderán, para que no sean descubiertos ni sospechados.

Eres un pecador autoengañado, que te llamas adversario del pecado, y no te cuidas de descubrirlo; mucho más, que de buena gana lo escondes de la vista. Toma parte con el pecado el que no quiere tomar trabajo para conocerlo. «Aborrezco al diablo y a todas sus obras, me arrepiento, abandono todos mis pecados; y aunque he hecho iniquidad, por la gracia de Dios no lo haré más.» Así hablan los hombres vanos; pero ¿sabes lo que dices? ¿Qué es el pecado? ¿Sabes distinguir un amigo de un enemigo, el bien del mal? ¿Cuáles son tus pecados? ¿Qué has hecho? ¿En qué has transgredido? ¿Quiénes son los que te han hecho daño? ¿Cómo se llaman? Quizá dirás que su nombre es Legión, porque son muchos.

«En muchas cosas he transgredido, en muchas cosas he ofendido.» ¿Pero en qué cosas? ¿Conoces a tu enemigo cuando lo ves; o lo conocerías si pudieras? ¿Haces alguna busca o indagación de él? Cuando lees en las Escrituras de un corazón soberbio, ¿puedes decir: Allí está uno de los que me han hecho daño; o de un corazón avaro: Allí está otro; o de un corazón envidioso, malicioso, perverso: Allí hay más; o de un corazón duro e hipócrita, ignorante, incrédulo: Este es, este es mi gran enemigo? O si no lo puedes decir, ¿preguntas: ¿No es este; no son estos? ¡Oh, si yo pudiera entender mis errores! Señor, hazme conocer mis transgresiones.

Pecadores, jamás os hagáis creer que sois enemigos del pecado hasta que hagáis una indagación estrecha y particular de él — de todo pecado, de sus varias clases, ya de omisión o de comisión, ya exterior o espiritual, manifiesto o secreto, mayor o menor, pecados de ignorancia o de conocimiento, de flaquezas o de presunción; vuestros pecados amados, vuestros pecados más gratos, vuestras concupiscencias más lucrativas, cualesquiera que sean, nunca podréis renunciar a ellos hasta que os resolváis a hacer una diligente busca de ellos.

(2.) Usar todos los medios de Dios para vencerlos y destruirlos. El que esconde a su enemigo, y el que le perdona cuando le ha hallado, no es enemigo, sino amigo. El que dice: Destruiré, y no quiere usar sus armas, o no sabe lo que dice, o dice lo que nunca piensa. Dices que renunciarás y resistirás a todos tus pecados; pero ¿hablas en serio? ¿Qué camino piensas tomar? ¿Tomarás el camino de Dios? Él te manda oír, creer, orar, ayunar, lamentar, contender, velar; ¿escucharás sus consejos? Quieres ser sanado de tus enfermedades; pero ¿tomarás el consejo del Médico? ¿Usarás sus medicinas? Vencerás a tu enemigo; pero ¿te guardarás de él? ¿Pelearás contra él? ¿Tomarás toda la ayuda que se te ofrece? ¿No sólo creerás y te apoyarás en Dios para su ayuda, sino que orarás y alzarás tu corazón para su ayuda? ¿No sólo orarás contra tus pecados, sino que velarás contra ellos — contra las ocasiones, las tentaciones y los comienzos del pecado? ¿Usarás todos los medios de Dios, y contra todos tus pecados? ¿No perdonarán tus ojos a ninguno de ellos? ¿Harás obra cabal con ellos, raíz y rama, viejos y nuevos? ¿No se oirá contigo ni el mugido de los bueyes ni el balido de las ovejas?

¿Te vengarás de tus enemigos, y no volverás jamás a concertarte con tus adversarios? Si tus pecados te dicen: ¿Es paz, alma? ¿responderás: ¿Qué tienes tú que ver con la paz? Apártate de mí. ¿No harás tregua con el pecado, ni abrazarás parlamento, ni admitirás tratado de paz con él? ¿No retirarás tu mano, ni envainarás tus armas, ni dejarás tu vela, ni bajarás la guardia, hasta que todos tus enemigos sean hechos estrado de tus pies? Todo esto está incluido en la renuncia al pecado.

Cuidado con equivocarte aquí; esta es la condenación del mundo, sus errores acerca del arrepentimiento. Fácilmente dicen: Me arrepiento de mis pecados, abandono al diablo y a todas sus obras. Y con la misma facilidad se persuaden de que hacen lo que dicen. Pero si entendiesen lo que hay en este arrepentimiento — un escudriñar sus pecados, dividir sus almas de ellos, un penoso y vigilante rehuir y resistirlos en todo su curso; si supiesen cuáles son sus pecados particulares, cuán cerca están de sus corazones, cómo han sido nutridos en sus senos, y cuán difícil será ahora partirse: aun esta avaricia ha de irse, aun esta sensualidad ha de irse; estos placeres queridos, estas ganancias amadas, estos compañeros gratos, todos han de ser despedidos, sin perdonar a uno solo, ni aun por una vez más — si entendiesen esto, verían entonces qué viento son todas sus buenas palabras. Tanto se proponen arrancarse los ojos de la cabeza, desgarrarse la carne de los huesos, como arrepentirse, si esto es arrepentimiento. Bien, ahora di: ¿te arrepentirás? ¿renunciarás ahora al pecado?

2. ¿Renunciarás también al mundo? Por el mundo, entiende toda la sustancia del mundo, casas, tierras, dinero, y cuantas posesiones mundanas haya; todas las sombras del mundo, sus honores, placeres, pompas, con toda su gloria; los hombres de este mundo, la amistad del mundo, todas las relaciones carnales, padres, madres, hermanos, hermanas, hijos, todos los compañeros y sociedades pecaminosas; cuanto está en el mundo y es del mundo.

Éstos son entonces renunciados, cuando estamos resueltos a que no sean ni nuestros dioses ni nuestros tentadores. 1. No nuestros dioses. Hacemos del mundo un dios para nosotros, cuando lo hacemos nuestra felicidad o nuestro fin; cuando nos bendecimos en él, y contamos que nuestra misma vida consiste en la abundancia de las cosas que poseemos; cuando nos consagramos a él, haciéndolo tanto la bienaventuranza como el gran negocio de nuestra vida. El que puede carecer del mundo, y aun ser bienaventurado; el que puede tener el mundo, y aun no servirle; ése lo ha renunciado, aun mientras lo tiene; aunque siga siendo suyo, no es su dios. 2. No nuestros tentadores. El mundo tienta de doble manera — por objetos y por instrumentos. Como objetos: los cuales, por algo que se aprehende deseable en ellos, atraen y sacan al corazón tras ellos; o por algo aprehendido como formidable, nos asustan fuera de nuestro camino: así, los manjares agradables tientan al glotón, y el vino al borracho, y un león en las calles al cobarde. También por instrumentos: como instrumentos o agitadores del diablo, por los cuales él traiciona y engaña a las almas inconstantes. En el primer sentido, las cosas del mundo; en el segundo, los hombres del mundo, son para nosotros tentaciones y tentadores. Renuncia al mundo el que no quiere ser tentado por el mundo; el que se conforma con Cristo, y no se dejará sobornar por las ventajas mundanas, ni ser proselitado por los compañeros mundanos.

El que está resuelto por Cristo, aun con la pérdida de todo, y con el desagrado de todo el mundo; el que puede ser pobre por Cristo, el que puede ser vil por Cristo, el que puede ir hambriento y desnudo con Cristo, el que puede ir solo con Cristo, y esto aun cuando con sólo volverse de Cristo pueda ser rico, honrado, vestido y lleno, y tener compañía cuanto quiera; ése abandona el mundo.

El que puede renunciar al mundo, siempre que llegue el caso de que o Cristo ha de ser abandonado, o todas las cosas por Cristo; el que puede hacer esto, cuyo corazón ha sido llevado a ello, ése ha renunciado al mundo. ¿Qué dices ahora, alma?

Quieres a Cristo; pero ¿qué si has de dejar todo atrás? ¿Qué si él te dice: Vende todo lo que tienes, y sígueme? ¿Puedes ser pobre? ¿Puedes estar desnudo? ¿Puedes tener hambre por Cristo? Quieres a Cristo; pero ¿cómo dejarás a tus compañeros? ¿Puedes oír a todos tus amigos carnales decir de ti: «Es un necio, está loco, está fuera de sí»? ¿Cómo mirarás a tu padre, o a tu madre, o a tu esposa a la cara, cuando todos están contra ello; cuando te estarán persuadiendo, rogando, llorando sobre ti, colgándose de tu cuello, o quizá burlándose y afrentándote, para desanimarte y retenerte? ¿Qué dices ahora? ¿Estás aún por Cristo? ¿Los dejarás a todos, echarás de ti todo lo que estorba tu camino?

3. ¿Abandonarás también al diablo? Pero no necesito preguntarte ahora eso; ya está hecho: adiós al diablo, una vez que el pecado y el mundo son echados fuera. Si no te dejas tentar al pecado, si el mundo deja de ser tentación, el diablo bien puede dejar de ser tentador. Hay muchos que dicen: «Yo desafío al diablo», y sin embargo no desafían al pecado y al mundo. ¡Hombres sabios! No les agrada el diablo, y con todo seguirán su voluntad; odian al diablo, y sin embargo nunca están mejor que cuando bailan en sus cadenas. ¡Desafiar al diablo, y con todo amar el pecado! Tal desafío es su deleite. Que el pecado sea desafiado, que el mundo sea despreciado, y el diablo queda vencido.

IV. ¿Te llegarás a Cristo DESDE AHORA HASTA LA MUERTE? Quieres a Cristo; pero ¿cuándo? ¿Será este el día de las bodas? ¿Serás desde ahora del Señor; o cuándo será? ¿Ha de ser mañana, o el mes que viene, o el año que viene, o en algún momento que tú no sabes cuándo? ¿Hemos de tomar tu promesa como tomaban la profecía: «La visión que él ve es para muchos días venideros, y profetiza de tiempos que están lejos»? (Ezequiel 12:27). Mañana lo harás, después lo harás: tanto valiera no haber dicho nada; tanto vale haber dicho: «Nunca», como «Todavía no». Habla, alma; ¿te darás al Señor, lo harás ahora mismo? Si lo harás, ¿cuánto tiempo permanecerás con él? ¿No pondrás en tu escritura de donación una facultad de revocación? ¿No te arrepentirás, no volverás del cielo a la tierra? ¿Serás casta, y no te prostituirás más? ¿Serás fiel hasta la muerte, obediente hasta la muerte? ¿Es esta tu voz: «He abierto mi boca al Señor, y no puedo volverme atrás. Vive el Señor, que nada sino la muerte, no, ni aun la muerte misma, nos partirá a ti y a mí: estoy persuadido, estoy resuelto de que ni vida, ni muerte, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura, me separará del amor de Dios, ni me apartará de Jesucristo mi Señor»?

Ahora, alma, recoge todo esto junto; ponte delante del Señor, el Dios de toda la tierra, y responde una vez más: ¿Quieres a Jesucristo por tu Esposo? ¿Le escoges por tu Señor? ¿Te llegarás a él en amor? ¿Te apoyarás en él por justicia y por fuerza — por justicia, para pagar tus deudas, y por fuerza, para pagar tus votos? ¿Te sujetarás a él? Conoces los mandamientos, cuán santos, cuán estrictos son; ¿los obedecerás en todo? ¿Te ejercitarás en la piedad en su rigor? ¿Serás un discípulo cabal? ¿No te contentarás con una frialdad o tibio desinterés en la religión, tal como tu carne perezosa lo soporte; tal como tu crédito, tu seguridad, o el humor de los tiempos lo soporte? ¿Seguirás a tu Señor plenamente? ¿Tomarás tu parte con Cristo, sea mejor o peor? ¿Será su Padre tu Padre, su herencia tu herencia; sí, y sus padecimientos tus padecimientos; sus azotes, sus prisiones, su pobreza tuyos? ¿Te desposarás no sólo con su corona, sino también con su cruz? Doquiera que él vaya, ¿irás tú; donde él mora, morarás tú? ¿Dirás: Dondequiera que mi Señor esté, allí esté su siervo? ¿Dejarás a todos los demás; todos tus pecados? ¿Serás limpio? ¿Entregarás tus concupiscencias carnales para ser purgadas? ¿Está tu corazón desligado de todo pecado? ¿No hay ni una iniquidad, respecto de la cual tu corazón diga: Que ésta se quede conmigo? ¿Escudriñarás tus pecados? ¿Llevarás a cabo una busca diligente, barrerás cada rincón, escudriñarás cada aposento de tu corazón y de tu vida? ¿Bajarás al fondo de tu gran abismo para hallar lo que allí se aloja? ¿Te esforzarás fielmente a no permitirte más ninguna iniquidad conocida? ¿Usarás todos los medios de Dios para vencer y echar fuera todo pecado? ¿Abandonarás el mundo? ¿Echarás de ti tus ídolos? ¿Tu mamón no será más un dios ni un semidios para ti? ¿Ni se llevará tu corazón de él, ni siquiera participará con él en él? ¿No te inclinarás a esta imagen de oro, ni la servirás? ¿No servirás más a tu apetito goloso? ¿No irá más tu corazón tras tu avaricia? ¿Abandonarás tu hacienda, tus placeres, tus honores, tus amigos y compañeros, en cuanto alguno de éstos divida, tiente, o robe tu corazón de tu Señor? Siempre que ellos digan: Ven, ¿dirás tú: Apartaos? ¿Abandonarás al diablo? ¿Le temerás, huirás de él, y no escucharás más sus tentaciones? ¿No mirarás más sus promesas ni sus amenazas; sus lisonjas ni sus ceños? Apartándote de las tiendas de todos éstos, ¿te llegarás a tu Señor desde ahora, desde hoy en adelante, y no te apartarás de él para siempre? ¿Perseverarás en tu curso? ¿Correrás tu carrera? ¿Serás fiel hasta la muerte? ¿Esperarás hasta el fin la gracia que te será traída en la revelación de Jesucristo?

¿Qué dices? Si dices: No, vive el Señor, que pronuncias esta palabra contra tu propia vida. Si rehusas entrar en este pacto, dices: «No seré del Señor, no lo quiero, no quiero vivir; que la muerte, la ira, las cadenas y las plagas sean mi porción para siempre. No seré del Señor, no dejaré mis pecados, mis placeres y mis compañeros por su amor; moriré, y no veré la vida». No te engañes, no te iludas, es un asunto de vida o muerte lo que tienes delante. Es si el cielo o el infierno, un Dios o ningún Dios, un Cristo o ningún Cristo, un alma o un alma perdida, la vida eterna o el fuego eterno serán tu porción, lo que ahora está por determinarse, por tu consentimiento o tu negativa; mira por ello, sé sabio, esta vez para la eternidad. Consiente, y eres bienaventurado; consiente, y él es tuyo, y con él el reino. Tu Señor ya ha dado su consentimiento; mira la escritura, todo el Nuevo Testamento, que está escrito en sangre, y sellado como está escrito. Allí tienes su «Yo quiero» en casi cada línea, visible delante de ti; pon tu mano, y está hecho. ¿Qué dices? ¿Consientes? ¿Vendrá tu corazón a poner tu mano, y a firmar por ti: «Yo quiero»? Sea eso hecho, y luego repite conmigo:

Una forma de palabras que expresa el pacto del hombre con Dios.

Oh Dios terrible, por amor de tu Hijo, te ruego que aceptes a tu pobre pródigo, que ahora se postra a tu puerta. He caído de ti por mi iniquidad, y soy por naturaleza hijo de muerte, y mil veces más hijo del infierno por mi malvada práctica; pero por tu gracia infinita me has prometido misericordia en Cristo, si tan sólo me vuelvo a ti con todo mi corazón; por tanto, al llamado de tu evangelio, ahora entro; y arrojando mis armas, me someto a tu misericordia.

Y porque exiges, como condición de mi paz contigo, que yo aparte mis ídolos, y esté en desacato contra todos tus enemigos, con los cuales confieso que malvadamente he tomado partido contra ti, yo aquí desde el fondo de mi corazón los renuncio a todos, concertando firmemente contigo no permitirme en ningún pecado conocido, sino usar concienzudamente todos los medios que sé que tú has prescrito para la muerte y total destrucción de todas mis corrupciones. Y por cuanto antes he dejado ir desordenada e idólatramente mis afectos sobre el mundo, aquí resigno mi corazón a ti, que lo hiciste; protestando humildemente delante de tu gloriosa Majestad, que es la firme resolución de mi corazón, y que deseo sinceramente gracia de ti, para que cuando me llames a ello, yo pueda practicar esta mi resolución, por tu asistencia, de abandonar todo lo que me es querido en este mundo, antes que volver de ti a los caminos del pecado; y que velaré contra todas sus tentaciones, ya de prosperidad ya de adversidad, no sea que aparten mi corazón de ti; rogándote también que me ayudes contra las tentaciones de Satanás, a cuyas malvadas sugestiones, resuelvo, por tu gracia, no rendirme jamás como siervo. Y porque mi propia justicia no es sino trapos sucios, renuncio a toda confianza en ella, y reconozco que de mí mismo soy una criatura sin esperanza, sin ayuda, perdida, sin justicia ni fuerza.

Y por cuanto tú, de tu inmensa misericordia, te has ofrecido muy graciosamente a mí, miserable pecador, para ser otra vez mi Dios por Cristo, si yo te aceptare, llamo hoy al cielo y a la tierra por testigos, de que aquí solemnemente te reconozco por el Señor mi Dios, y con toda posible veneración, doblando la cerviz de mi alma bajo los pies de tu sacrosanta Majestad, tomo aquí al Señor Jehová, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por mi porción y sumo bien, y me entrego a mí mismo, cuerpo y alma, por tu siervo, prometiendo y votando servirte en santidad y justicia todos los días de mi vida.

Y puesto que has constituído al Señor Jesucristo por único medio de venir a ti, aquí, sobre las rodillas dobladas de mi alma, le acepto como el único camino nuevo y vivo por el cual los pecadores pueden tener acceso a ti, y aquí solemnemente me uno a él en el pacto de matrimonio.

Oh bendito Jesús, vengo a ti hambriento y pobre, y miserable y desdichado, y ciego y desnudo, una criatura abominable y contaminada, un malhechor culpable y condenado, indigno de lavar los pies de los siervos de mi Señor, mucho más de ser solemnemente desposado con el Rey de gloria. Pero ya que tal es tu amor sin igual, aquí con todas mis fuerzas te acepto, y te tomo por mi Cabeza y Esposo, para lo mejor para lo peor, para lo rico para lo pobre, para todos los tiempos y condiciones, para amarte, honrarte y obedecerte delante de todos los demás, y esto hasta la muerte. Te abrazo en todos tus oficios: renuncio a mi propia indignidad, y aquí te reconozco por el Señor mi justicia. Renuncio a mi propia sabiduría, y aquí te tomo por mi único guía. Renuncio a mi propia voluntad y tomo tu voluntad por mi ley.

Y puesto que me has dicho que debo padecer si quiero reinar, aquí me concierto contigo para tomar mi parte cual toque con tigo, y con tu gracia asistiendo, correr todos los peligros contigo, suponiendo verdaderamente que ni la vida ni la muerte partirán entre ti y mí.

Y porque te has dignado darme tus santas leyes como regla de mi vida, y el camino por el que debo andar a tu reino, aquí voluntariamente pongo mi cuello bajo tu yugo, y mi hombro a tu carga, y me suscribo a todas tus leyes, como santas, justas y buenas. Las tomo solemnemente por regla de mis palabras, pensamientos y acciones; prometiendo que aunque mi carne contradiga y se rebele, con todo me esforzaré en ordenar y gobernar toda mi vida según tu dirección, y no me permitiré en la omisión de nada que sepa que es mi deber.

Sólo, porque por la flaqueza de mi carne estoy sujeto a muchas caídas, me atrevo humildemente a protestar que los descarríos no consentidos, contrarios a la inclinación y resolución firme de mi corazón, no anularán este pacto; porque así lo has dicho.

Ahora, Dios Todopoderoso, escudriñador de los corazones, tú sabes que hago este pacto contigo hoy, sin ningún engaño ni reserva conocidos; rogándote que si ves en él algún defecto o falsedad, lo descubras a mí, y me ayudes a hacerlo rectamente.

Y ahora, gloria a ti, oh Dios Padre, a quien desde hoy en adelante me atreveré a mirar como mi Dios y Padre, por haber hallado jamás tal camino para el rescate de los pecadores perdidos. Gloria a ti, oh Dios Hijo, que me has amado, y me has lavado de mis pecados en tu propia sangre, y eres ahora hecho mi Salvador y Redentor. Gloria a ti, oh Dios Espíritu Santo, que con tu poder omnipotente has vuelto mi corazón del pecado a Dios.

Oh Jehová terrible, el Señor Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tú eres ahora hecho mi Amigo del pacto, y yo por tu gracia infinita soy hecho tu siervo del pacto. Amén. Así sea. Y el pacto que he hecho en la tierra, sea ratificado en el cielo.

Fuente y atribución

Autor original: Richard Alleine

Título original: Chapter 16. To the Unconverted, With a Form of Covenanting With God

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Richard Alleine, publicado originalmente en Grace Gems.

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